Miré a mi hija, tratando de decidir qué decirle. Quería contarle que las
heridas físicas de tener un bebé sanarían, pero convertirse en madre le
dejaría una herida emocional tan grande que la haría para siempre
vulnerable.
Quería decirle que nunca más leería el diario sin preguntar: "¿y si ese
hubiera sido MI hijo?". Que cada caída de avión, cada casa que se
incendia, cada accidente de tránsito la van a perseguir. Que cuando vea
una foto de un niño hambriento, se preguntará si no hay nada peor en la
vida que ver a tu propio hijo morir.
Miré sus manos con manicura y su perfecto traje de dos piezas y pensé
que sin importar cuan sofisticada es ella, convertirse en madre la
reducirá al nivel más primitivo donde lo más importante es proteger a su
crío. Que el llamado urgente de "mamá!!!" le hará quebrar su fuente de
cristal más fino sin siquiera dudarlo.
Me gustaría advertirle que sin importar cuantos años ha invertido en su
carrera, serán descarrilados por la maternidad. Podrá contratar una
nana, pero algún día tendrá que ir a una importante reunión y recordará
el dulce olor de su bebé. Tendrá que endurecer su corazón para no volver
corriendo a casa, solo para asegurarse de que está bien.
Quería decirle a mi hija que las decisiones comunes de cada día ya no
serán rutina. Que la decisión de un niño de 5 años de ir al baño de
varones en Mac Donald's en vez de el de mujeres será un problema
gigante. Allí, en medio de las bandejas y los gritos de otros niños, los
asuntos de independencia e identidad de género chocarán contra la idea
de un pedófilo esperando en ese baño de varones.
Cualquier decisión que tome en la oficina, la repensará constantemente
como madre. Mirando a mi atractiva hija, le quería asegurar que
eventualmente perderá los kilitos de más del embarazo, pero nunca más se
sentirá igual consigo misma.