Refranero español

       (Comentarios realizados por Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala. Universidad de Sevilla)



 

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Antes cogen -o pillan- al mentiroso que al cojo.
Sin duda la versión entre guiones (-o pillan-) se da para remediar la posible cacofonía "cogen al cojo"; a la par que el verbo "pillar" suena más familiar e intuitivo. El refrán se refiere a la práctica imposibilidad de mantener una situación de mentira, pues la verdad siempre se abre paso por indicios, o porque las pruebas se hacen evidentes, o porque la misma psicología del mentiroso acaba traicionándole. Es una actitud sana caminar en la verdad y, aparte de ello, nos hace respirar a fondo con energía, para así gozar más de cada momento que la vida nos brinda.

 

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A noche oscura, linterna clara.
Es curiosa la disposición de este refrán, que da como resultado un prodigio de brevedad expresiva. Consta de dos frases de cinco sílabas cada una, sin rima. El ritmo viene dado por la equivalencia de sílabas en ambas frases, y por la hábil oposición de contrarios: noche-linterna / oscura-clara. No es casualidad que las realidades más "luminosas" -por decirlo de algún modo- aparezcan en la segunda parte, cerrando el refrán, dando así un aire optimista al conjunto. Quiere decir que cualesquiera que sean las dificultades que se nos interpongan en la vida, debe ser más fuerte nuestra voluntad de vencerlas, aportando el conveniente medio de que dispongamos. Recuerdo que uno de mis bien recordados educadores me decía, medio en latín, medio en castellano: "No lo dudes: medio ad finem" (=usar el medio necesario para conseguir un fin). El límite a esta sentencia está en no hacer daño a los demás, ni a nosotros mismos. Otro refrán, totalmente latino, reza así :"Homines sunt voluntates" (=las personas valen lo que vale la voluntad de cada una de ellas). Y en el sentido de evitar daños, tenemos este otro proverbio: "Antes que armas tomar, todo se ha de intentar".

 

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A ningún cojo se le olvidan las muletas.
Es más fácil el olvido de un encargo que nos hacen sobre la marcha que el posible olvido de alguna obligación contraída, aunque también ésta se nos puede olvidar, a veces con malas consecuencias. Lo importante es dar a cada cosa el valor que tiene, y archivarla como tal en nuestra agenda mental. Para un cojo las muletas suponen su movilidad para caminar y trasladarse de un sitio a otro, que es algo vital, normalmente. Por eso no olvidará las muletas. Es más fácil que se nos olviden unas gafas de sol que unas gafas graduadas que necesitamos para ver. Establecer una jerarquía de la importancia de cuanto tenemos pendiente es una forma de que cada actividad ocupe su lugar, y no dejemos caer fácilmente en el olvido aquello que es más importante, o que más nos obliga. Conviene pensar no sólo en la materialidad del quehacer que nos espera, sino también en las relaciones humanas implicadas en todo ello. Así, aparte de ser ordenados, seremos también amables.

 

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Ánimo apasionado, desacertado.
Aunque hay que poner cierta pasión en nuestras actividades, pues de lo contrario resultarían mustias y desganadas, debemos vigilar para que la pasión no nos ciegue y llegue a desequilibrar nuestro control. Poner voluntad y corazón en lo que hacemos, es importante; pero creer que tenemos el monopolio de la verdad y del acierto sería sin duda catastrófico. Debemos conocer los límites de nuestras posibilidades, y en ese ámbito trabajar con confianza. El refranero completa unos consejos con otros, y en este caso se nos viene a la mano el siguiente dicho proverbial: "Ándate a lo que sabes, y pasarás la vida suave".

 

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Andando se quita el frío.
Andar es el deporte más elemental, y está al alcance de casi todo el mundo. -Los que no puedan hacerlo sabrán, sin duda, aplicar el refrán a otras actividades que pueden desarrollar.- Es importante el ejercicio físico; y especialmente en invierno, una buena caminata resulta ser un estupendo antídoto contra el frío, aparte de que es una actividad barata y -en ocasiones- puede incluso ahorrarnos un billete de autobús. Nuestros músculos y articulaciones necesitan ese lubricante que se llama "buen espíritu", el cual se fomenta de muchas maneras; entre ellas, andando. Casi me dan ganas de inventar un refrán paralelo para el verano: "Nadando se quita el calor" (y de paso -añadiríamos- se hace uno de los ejercicios más completos, como es la natación). Recuerdo, a propósito de todo esto, dos dichos a modo de refranes bienintencionados que me dieron los médicos a raíz de una operación quirúrgica. El primero reza así "Poca cama, poco plato, y mucho zapato." Y el segundo: "Mucha suela y poca cazuela".

 

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Andando, andando, vuelven los tiempos de antaño.
Las grandes fiestas, como Navidad, Año Nuevo, Semana Santa... son especialmente ocasiones de retorno a los "tiempos de antaño", incluso a nuestro pasado, cuando éramos niños y la vida se organizaba de otra forma. Vuelve asimismo el recuerdo de los seres queridos que entonces nos acompañaban, y ahora en cierto modo nos acompañan espiritualmente, dándonos confianza, valentía y amor, con su presencia cálida en nuestra memoria. Pero ni siquiera hay que recurrir a las grandes fiestas; pues en nuestros nietos podemos advertir cualquier día rasgos de sus abuelos o de sus bisabuelos, en el hombre o la mujer que piden en la puerta de la iglesia vemos otros que recordamos de cuando íbamos con nuestros padres a Misa, en las canciones que oímos nos resuenan dejos de algunas que atesoramos en nuestra memoria... Nada hay nuevo bajo el sol..., ni bajo la luna (podríamos añadir). Y en la luna de Año Nuevo brillan destellos del Año Viejo, que también pueden ser entrañables.

 

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Amor sin dolor no es verdadero amor.
El amor no alcanza su madurez hasta que no supera la prueba del fuego, es decir: compartir los momentos duros, hacer nuestras las penas de la persona amada, tener corazón para querernos a pesar de nuestras deficiencias e incluso defectos... Es fácil estar a buenas cuando las circunstancias nos sonríen, pero no lo es tanto cuando vemos cerrarse nuestro horizonte, y el futuro parece ensombrecerse. Entonces es el momento de confiar el uno en el otro, dialogar con sinceridad y delicadeza..., en suma: es el momento de demostrar nuestro verdadero amor. Es también una ocasión de oro para hacer crecer esa valiosa realidad espiritual que nos une, llamada -sin más- amor.

 

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Amor nunca dice "basta".
Es un refrán tan breve como expresivo. Hay un refrán análogo, para otro orden de cosas: "El saber no ocupa lugar", con lo cual se significa que toda la vida puede uno pasarla aprendiendo cosas nuevas. El punto de analogía está en que el amor, incluso si va dirigido a una sola persona, siempre es susceptible de aumento: se puede querer más y más, y no existen límites. Cuanto más será esto cierto, si el amor se expande a la familia, las amistades, los compañeros... Y yo añadiría algo: un amor en crecimiento es lo que más dignifica y enriquece a cualquier persona.

 

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Amor grande, amor de madre.
Creo que muchos nos apuntaríamos al dicho -un tanto infantil- "En el reparto de madres, a mí me tocó la mejor". Las madres manifiestan su amor a los hijos de mil maneras a lo largo del día, a lo largo de meses y años. Haber tenido a una criatura en su vientre, y luego verla crecer, desde luego imprime carácter. Podemos tener amistades, relaciones con personas, amor entre esposos o en vida de pareja, muy buenos recuerdos de muy buena gente... Nada de eso oscurece ni merma el amor de una madre, y el precioso recuerdo de ella cuando nos falta. Ahora, eso sí: nada se da gratuitamente, ni por el solo hecho de ser madre. Hablando de amor, hay que poner corazón, alma y los cinco sentidos. Dicho de otro modo: también las madres tienen que ganárselo. Seguro que saben el camino.

 

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Amor con amor se paga; lo demás son vanas palabras.
El amor tiene muchas manifestaciones: el amor a los padres, a los hijos, a los hermanos, a la pareja... Y el denominador común, para que sea verdadero amor, es que sea desinteresado y se centre en la persona querida, sin pretender sacar nada a cambio. "El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras", nos avisaba con sabiduría San Ignacio de Loyola. Y, en esa línea, recuerdo unos versos de José María Pemán: "No hay obra que valga nada / si no es del amor reflejo." El amor es lo que de verdad nos enriquece, pues es amando como nos hacemos más amables. El amor se sublima en la correspondencia a ese amor, si bien ésta nunca se puede forzar.

 

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Amigo leal y franco, mirlo blanco.
Este refrán es un modelo de brevedad y expresividad; ni siquiera usa el verbo copulativo "es" para unir sus dos frases. Estas riman en consonante -la rima más completa, según los tratadistas-, y consisten respectivamente en un octosílabo y un tetrasílabo (este último actúa como pie quebrado de cierre, y da sonoridad a todo el conjunto, que resulta así muy rotundo y agradable de oír). Su contenido exalta la rareza -y consecuentemente, la grandeza, de la verdadera amistad-. Creo que es una experiencia universal que los buenos amigos son siempre escasos: "rara avis", diríamos mediante el conocido latinismo. Hay refranes que abundan en la idea, por el efecto contrario -es decir: proclamando lo interesado de muchas supuestas amistades-; y como muestra citaré dos de ellos:
"Amigo, no de mí, sino de mi trigo." ""Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi me lo comí." La inventiva popular no tiene límites en esto de tipificar situaciones humanas de cada día.

 

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Amasando se hace el pan.
Recuerdo que cuando era niño mis padres nos llevaron -a mis hermanos y a mí- a la tahona de un pueblecito andaluz, donde se veía amasar, moldear, y luego cocer, la masa del pan. Allí mismo comprábamos el pan que necesitábamos, caliente, apetitoso, y más blanco y limpio que el de la capital. La visita a la tahona y la contemplación de su actividad nos hacía apreciar más el pan de que disfrutábamos en las comidas o en la merienda. En aquel alimento estaba el esfuerzo de las manos artesanas de unos panaderos y panaderas, personas humildes y sencillas. No hay un producto satisfactorio que no porte en su entraña cierto trabajo humano. Igualmente es cierto que nunca conseguiremos un resultado satisfactorio en nuestra actividad, profesional o no, sin poner los medios, el tiempo y el esfuerzo. Y esa actividad nuestra, a su vez, puede redundar en beneficio de otros. La cadena del trabajo puede hermanarnos; basta que reflexionemos un poco sobre su alcance.

 

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A mal tiempo, buen aliento.
Es uno de los refranes más breves, consistente en un pareado tetrasilábico con rima asonante. Cumple, pues, con creces uno de los requisitos básicos de los refranes, a saber: que todo refrán debe tener una forma fácil de memorizar. Su contenido es una buena lección de ánimo, especialmente cuando las circunstancias no ayudan precisamente a cumplir nuestros cometidos. El tesón en sobreponerse a la adversidad debe ser más fuerte y perseverante que la adversidad misma. Existen otras variantes, como el muy conocido proverbio "A mal tiempo, buena cara"; y el dicho latino "Per aspera ad astra", también muy sonoro para el oído, y que puede interpretarse al sentido: "Conquistar las estrellas, por muy dura que sea la ruta a seguir".

 

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A malos ojos no hay cosa buena.
En los mensajes que nos llegan del exterior, hay indudablemente un estímulo que nos viene de fuera, pero también hay un filtro que mediatiza nuestro modo de ver las cosas: nuestra propia subjetividad, nuestro enfoque de la vida. Recuerdo un amigo que, para enfatizar lo que iba a comunicar a continuación, no decía "con toda objetividad...", sino "con toda subjetividad te diré que...". Es casi imposible liberarnos de nuestra subjetividad; de donde se sigue que es una labor necesaria educar esa subjetividad nuestra para que no desfigure la realidad según en cada caso nos apetezca verla. De ahí que el pesimista redomado que todo lo ve mal, no va a percibir en su entorno nada positivo, nada que le levante el ánimo. No sólo se empobrece espiritualmente, sino que a menudo causa problemas entre las personas que lo rodean. Debe poner de su parte y contar con la ayuda de alguien de su confianza, para ejercitarse en aprender a mirar sin prejuicios.

 

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A mala cabeza, buenos pies.
Si se nos olvida una cosa importante -el móvil, la agenda, la llave del coche, el bonobús, la lista de compra...- habrá que volver a recogerla. La mala memoria ha de tener su contrapartida en buena disposición para el ejercicio físico. También se dice "Quien no tiene cabeza, tiene pies", "A mala memoria, buenos pies". El hecho mismo de que haya unas cuantas variantes del refrán, indica que el olvido de cosas elementales es muy humano. Como debilidad humana, aceptémosla, y no nos enfademos cuando caemos en ella: simplemente quiere decir que es hora de andar un poquito más, lo cual a su vez es saludable.

 

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Allá van los ojos adonde está el corazón.
Por la interioridad que describe, este refrán resulta entrañable. Es significativo incluso que el adverbio "adonde", dinámico, indicador de dirección, sustituye a un posible "donde": "Allá van los ojos donde está el corazón", que sería una formulación también aceptable, aunque más estática e imprecisa. "Adonde" señala un destino, seguramente la persona amada. Por ello el refrán me parece enunciar un canto al amor, sencillo y directo. Pensemos que el amor es un elemento espiritual, a menudo -y por desgracia- olvidado en las relaciones interpersonales. Es muy psicológico el rasgo de que se nos escapan los ojos en busca de alguien a quien de veras queremos

 

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Ama a quien te ama, y responde a quien te llama.
Dado que hay muchas formas de amor, parece propio de un corazón muy frío no corresponder de alguna manera a quien nos muestra amor. Siempre habrá una respuesta que podamos dar al amor que se nos presenta, aunque no sea comprometiéndonos vitalmente en principio. Sin duda será el trato el que nos lleve a más intimidad, o bien a calibrar hasta dónde podemos llegar. En cualquier caso, aquí se nos habla del amor como una respuesta que siempre -a través del afecto y la delicadeza- podremos dar a quien nos ofrezca verdadero amor

 

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Ama de buen grado, si quieres ser amado.
En este proverbio, que a su vez aborda el tema de la correspondencia en el amor, hay un enfoque de iniciativa que ha de ser tomada por alguien -el destinatario del refrán- en un intercambio de amor. Es una invitación a adelantarnos en amar, frente a la actitud pasiva y algo "de vuelta", típica del derrotista que dice "a mí nadie me quiere". Viene aquí a propósito el dicho espiritual de San Juan de la Cruz: "Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor"
 

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Al triste, la miel se le vuelve acíbar. Este refrán no censura a quien está ocasionalmente triste por alguna circunstancia adversa, sino a quien "es" triste por naturaleza, o -dicho de otro modo- al pesimista congénito, que tiende a verlo todo negro. Incluso la miel le sabrá amarga, pero -obviamente- la amargura brotará de él, no de la miel. Bien le vendrá una cura psíquica, bajo la dirección de alguien experimentado. El refranero también contempla la antítesis de lo aquí presentado, al decirnos:

Al varón fuerte, ni el tiempo ni la muerte (pueden con él).El paréntesis es un añadido del mismo refranero, para mayor claridad; aunque seguramente tiene más energía el mensaje sin ese añadido. Hacerse fuerte ante la adversidad es un mérito, y ojalá se nos convierta en un estilo de vida. Si queremos "calidad de vida" -término muy usado ahora-, un ingrediente importante es la fortaleza de ánimo para procurarla y para mantenerla.

 

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Al "toma" todo el mundo asoma; y al "daca", todo el mundo escapa.

Puede considerarse que este refrán consta de cuatro versitos, según la pauta 3A / 6A // 3B / 6B. La rima es consonante entre los dos primeros versos, y asonante entre los dos últimos. Aparece una palabra antigua, "daca", conocida por la frase "toma y daca" -equivalente a "toma y dame"- proveniente de "da acá" (como si dijera: dame a mí, que estoy aquí). Es fácil entender que mediante este refrán se está criticando a las personas prestas a recibir y reacias a dar; dicho de otro modo: se censura la tacañería y el egoísmo frente a la generosidad de dar. El ser humano tiene sus puntos débiles, y con frecuencia advertimos que éste es uno de ellos. La superación es posible y, cuando se da, saca a flote la nobleza del espíritu humano. En los Hechos de los Apóstoles, del Nuevo Testamento, se nos refiere que los primeros cristianos destacaban por su generosidad hacia el prójimo, y encontraban más felicidad en dar que en recibir.

 

bullet Al son que me tocan bailo
Es un refrán breve, octosilábico y sonoro; y formulado en primera persona, lo cual colabora a que nos transmita un tono de cercanía, pues de algún modo nos implica en su protagonismo. El significado es ambivalente, a mi modo de ver: como las monedas, tiene anverso y reverso: su cara y su cruz. En la cara, o mensaje positivo, transmite una invitación a que seamos flexibles y adaptables al ritmo de la vida, ya que así nos enriqueceremos y disfrutaremos más de todo. Es lo que los romanos decían desde antiguo con el proverbio latino "Dum Romae fueris, romano vivito more" -Mientras estés en Roma, vive de acuerdo con las costumbres romanas-. En la cruz, o mensaje negativo, nos aporta una crítica irónica a la falta de personalidad, por la que podemos dejarnos arrastrar como peleles, a merced de los estímulos exteriores. En resumen: es bueno adaptarnos a las situaciones, pero sin dejar de ser nosotros mismos.

 

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Al pan, pan; y al vino, vino

Es uno de los refranes más conocidos del español, hasta el punto de que casi todo el mundo lo sabe de memoria. Valiéndose de la comida y la bebida más populares en nuestra cultura mediterránea, como son el pan y el vino (con resonancias incluso religiosas en los Evangelios y en la Liturgia cristiana), nuestro proverbio nos invita a la llaneza y sinceridad en el hablar, huyendo de la afectación y los deslices semánticos. Claridad, y poner el alma en la palabra -diríamos resumiendo-. Con base en este refrán existe uno paródico, como una censura de los mensajes tergiversados por malicia o ignorancia: "Al pan, vino; y al vino, pan" -denunciando así que no siempre la gente es veraz-. Asimismo hay refranes afines al que hoy comentamos, y que abundan en la idea de la popularidad del pan y el vino: "Pan y vino andan camino"; o -más explícitamente-: "Con pan y vino bien se anda el camino".

 

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Al pajarillo, la lengua le es cuchillo.
Es un refrán de los más breves, con dos frases de 5 / 7 sílabas respectivamente, y rima consonante. Trae el añadido siguiente: ("Pues su canto lo delata al cazador"). Más conocido es otro refrán, de significado algo diferente, pero bastante análogo: "Por la boca muere el pez". Tal vez el énfasis del primer refrán está en el contraste entre la alegría del pajarito que está cantando en plena naturaleza, y la fatalidad de que ese canto es precisamente lo que se vuelve contra él, poniendo en peligro su vida; pues, como afirma otro refrán, "Pájaro que vuela, a la cazuela". El refrán sobre el pez tiene otro escenario: un pez pica confiado en el cebo, pues tiene hambre, y esa misma boca hambrienta es la que va a propiciar su captura, al quedar enganchada en el anzuelo. Ambos refranes tienen en común su advertencia frente al deseo de aparentar, lucir nuestras habilidades o supuestos méritos, y dejarnos ir de la lengua ante personas que no merecen nuestra confianza. Ojo, pues cuanto digamos en ese sentido y contexto puede volverse en contra nuestra.

 

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A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos. (Dicen las mujeres)

           Debo aclarar que el añadido que va entre paréntesis no es de mi cosecha, sino que aparece con el refrán.  Opino que aquí el refranero

               trata de internarse en el enrevesado mundo de la sensibilidad femenina.  Aconseja no mostrar un amor meloso o abundante en frases

               que expresen "te quiero", sino más bien poner el amor en la manera de enfocar la vida cotidiana, siguiendo el antiguo dicho de que el

               amor se ha de  poner más en las obras que en las palabras.  Parece que la mujer teme el posible engreimiento del hombre si éste se v

               e muy bien querido, y así -mediante cierta moderación en expresar los afectos- se le puede tener un poco a raya.  Dentro de este

               mundo tan paradójico, cobran sentido expresiones aparentemente contradictorias, como ésta, traída de otro refrán: "Al revés te lo

               digo, para que me entiendas."

 

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A lo hecho, pecho.
Tal vez sea uno de los refranes más conocidos del español; casi podría decirse que forma parte de nuestro acervo lingüístico. Su brevedad, y sus dos palabras más importantes unidas por la rima, ayudan a la memorización fácil. Su lección es incontrovertible: "el pasado no tiene vuelta", "la historia nunca se escribe al revés"... son frases bastante sabidas que apuntan a lo mismo. Hay que aceptar el pasado y sus consecuencias, y a partir de ahí sacar lo mejor en experiencia y posibilidades para ir labrando el futuro. Hay otros refranes afines, de los que citaré uno en tono algo derrotista dentro de su realismo, y otro más optimista. El primero reza así: "A lo que no puede ser los hombros encoger". Y el segundo: "Al osado, la fortuna le da la mano". El punto de equilibrio entre ambas actitudes -realismo y esperanza- es difícil, paro hay que encontrarlo.

 

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Quien se viste de ruin paño, dos veces se viste al año.
Este refrán es un aviso al excesivo ahorrador, que siempre compra lo más barato. Se suele decir también "lo barato es caro", pues lo barato pronto hay que reponerlo, haciendo así un nuevo gasto. Contra ese afán desmesurado por comprar barato, el refranero avisa también de este modo: "Al miserable y al pobre, todo les cuesta doble". Y esto no se dice con desprecio hacia nadie por ser pobre; se trata más bien de una miseria moral y de cierta avaricia de espíritu convertida en manía: la de un falso ahorro.

 

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Almendro, te tiran piedras, porque tienes almendras.
En la edición de Rodríguez Marín de la que tomo este refrán, se añade una aclaración: "Alude a envidiados y envidiosos". No está mal tenerla en cuenta, porque a primera vista parece contradictorio que un apedreamiento se deba a las buenas cualidades de algo, como en este caso son las del almendro, que está cumpliendo su cometido de dar una lucida cosecha de almendras. ¿Por esto lo apedrean? Más bien para que suelte esas ricas almendras. Muchas veces vemos que personas que destacan por sus buenas cualidades -humanas, científicas o profesionales en general- son criticadas porque esos valores positivos hieren susceptibilidades de otros u otras que están a su alrededor. Lamentablemente, son las envidias o los innobles celillos los que mueven dichos comentarios. Las palabras entonces se convierten en proyectiles que acribillan. Como la naturaleza humana comporta rasgos comunes a personas de muchas culturas y etnias, se me viene a la cabeza un refrán japonés muy célebre "Deru kugi wa utareru", que quiere decir: "Al clavo que destaca lo remachan". Es curioso, porque precisamente por destacar se lleva los golpes.

 

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Al indiscreto no fíes tu secreto.
Es un refrán breve, que consta de 5 + 7 sílabas con rima interna consonante. A pesar del respeto que nos merece todo ser humano, es evidente que nos podemos topar con personas "indiscretas", las cuales no merecen nuestro insulto en ningún caso, pero tampoco nuestra confianza. Es una medida de prudencia saber calibrar a quién podemos confiar nuestros "secretos", y a quién no. El refranero en esto es muy drástico, y a veces va más allá: "Secreto seguro es el que no has dicho a ninguno". Y en lo que respecta al trato humano, da un consejo que suena muy fuerte: "Al hombre mal encarado, dale de lado". Parece ser un realismo necesario para, ante todo, evitar enfrentamientos y situaciones desagradables.

 

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Al hombre fiel todos le quieren bien.
Este breve refrán presenta una composición muy eufónica de 5 / 7 sílabas y rima asonante, con final en sílaba aguda. Una pequeña maravilla de la métrica, grata al oído y fácil de recordar -como es uno de los cometidos de los refranes-. Su contenido es tan antiguo como la civilización humana, dondequiera que ésta se encuentre. Ya en el Antiguo Testamento encontramos "Vir fidelis multum laudabitur" (El hombre fiel será muy alabado), en el Libro de los Proverbios. Es de suponer que tan bella enseñanza seguirá siendo verdad, a pesar de que no estén muy de moda hoy día los conceptos de "fidelidad" y de "sacrificio" (éste último, muy valioso en multitud de ocasiones para mantener la fidelidad). De nosotros, personas del siglo XXI, depende que un mensaje como el aquí comentado conserve viva su vigencia.

 

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Al hombre en el hablar, y a la campana en el sonar (se les conoce).
El refrán consta de un par de frases rimadas, la primera de siete sílabas métricas y la segunda de nueve, y el conjunto es eufónico; la parte que va entre paréntesis es un añadido para la mejor comprensión del proverbio. Si una campana está cascada, al sonar se advertirá que tiene una grieta. Si está entera, aunque sea vieja sonará bien. Paralelamente, nuestros defectos y virtudes de alguna manera afloran a nuestra manera de expresarnos: si somos amables o más bien secos; si tenemos prisa o no; si nos importa nuestro interlocutor o queremos despacharlo pronto; si estamos abiertos a escuchar, o acaso cerrados a ello; si ya lo sabemos todo, o nos gustaría aprender algo más a través de lo que nos dicen... etc. Buena cosa sería que en cualquier conversación procurásemos cultivar más la atención a quien nos dirige la palabra y a lo que quiere decirnos. Esto nos hará más humanos seguramente; y no está reñido con aplicar el discernimiento a lo que oigamos, apreciando siempre como persona a quien nos habla.

 

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Al hijo se quiere desde que se siente (dicho por las madres).
Creo que sólo la experiencia de ser madre puede avalar este refrán, por lo que los varones debemos conformarnos con afirmar que debe de ser verdad. Sin duda será una experiencia alucinante descubrir que, dentro mismo de la mujer, se alberga una nueva vida, con toda la esperanza que puede traer consigo. Todo será poco para que esa vida incipiente -¿niño? ¿niña?- se desarrolle en el mejor ambiente que podamos proporcionarle. Las madres tienen la palabra; y deben contar con el apoyo de la familia, de la pareja, y de cuantas buenas personas se encuentren a su alrededor. Por la vida que quiere nacer, y se anuncia ya como un mensaje de amor.

 

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Al hierro caliente, batir de repente.
Aunque se suele decir que no se debe reaccionar ante las situaciones difíciles en caliente, sino más bien esperar a que se serenen las cosas, el refrán alude a otro tema: aprovechar las ocasiones cuando se presentan, ya que más tarde puede ser todo inútil todo esfuerzo. En este sentido, hace falta clarividencia y decisión ante las buenas oportunidades, para no perderlas.

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Hay otra variante del mismo refrán:
Al hierro, en caliente; porque en frío, "trabajo perdío".

          Esta variante recurre a una forma coloquial del participio -"perdío"- para facilitar la rima.

 

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Algunas veces dice el diablo la verdad.
Al diablo se le suele llamar en la Biblia "padre de la mentira", y algo de eso debe de haber; pues su misión es embaucarnos para que nos desviemos de nuestra misión en la vida.
Pero también afirma un refrán que "más sabe el diablo por viejo que por diablo"; es decir, que su experiencia es larga y sabe de qué pie cojeamos. Si "sabe" y no se equivoca, quiere decir que nos conoce con bastante verosimilitud, y nos tienta buscándonos las vueltas, tratando de halagar y satisfacer a nuestro "ego"; algo verdadero nos dirá también entonces, para ser creíble. No estará, pues, de más, una llamada a la prudencia para que, así como él nos conoce, lo vayamos conociendo y no caigamos en sus redes. Pero -¡ojo!- suele disfrazarse de mil circunstancias para cogernos desprevenidos.

 

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Algo es algo; dijo al ver el hueso el galgo.
Procurando acercarme a la psicología perruna, pienso que un hueso debe de ser todo un tesoro para un perro.  Tratándose de un galgo, perro corredor y cazador, supongo que éste preferiría que el hueso en cuestión llevara adherida carne para poder desgarrarla con sus dientes, e ingerirla mientras roe el hueso.  Tal vez el refrán nos está poniendo por delante un galgo excesivamente exigente, que echa de menos un mejor lote.  En cualquier caso, el noble animal, a quien hay que reconocerle su franqueza, parece que manifiesta un cierto agradecimiento ante su comida.  No siempre se consigue lo que sería ideal en una situación dada, pero es un rasgo de espíritu sano reconocer lo que se nos da, y agradecerlo.  Ya vendrán mejores ocasiones.  Otra variante del refrán, quizá conformista en exceso, es la que reza así: "Algo es algo, menos es nada".

 

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Algo debe de querer quien te hace fiestas que no te suele hacer.
¿Cuántas veces nos hemos quejado de que no se nos reconocen debidamente nuestros méritos?  Y cuando por alguna circunstancia se reconoce nuestro trabajo, nos enorgullecemos sanamente, y crece nuestra autoestima.  Todo esto es muy humano, y puede servirnos para nuestro crecimiento interior.  Nos gustan las felicitaciones de los amigos, pero lo sospechoso es cuando vemos a alguien, conocido o no, que nos festeja de un modo inusitado; pues nos entra la sospecha de que posiblemente nos esté halagando para conseguir algún provecho propio.  Así pues, aun en los momentos de euforia, procuremos que no nos ciegue el orgullo ni nos ensordezcan los halagos.  Mantengamos la cabeza lúcida para distinguir el oro de la escoria.

 

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Al galgo más lebrero se le va la liebre en enero.
La palabra "lebrero" viene de del latín "leporarius", siendo este término un adjetivo derivado de "lepus, -oris", que significa "liebre". Así pues, "lebrero" quiere decir "relativo a la liebre"; y tratándose de un galgo, hablamos de un galgo dedicado a cazar liebres.  Pues bien:  incluso a un galgo especializado en dicho menester se le escapa de vez en cuando alguna liebre.  Si se añade "en enero" puede ser aludiendo a que, por el frío propio de primeros de año, el perro de caza se encuentre más entumecido y menos entrenado.  La idea es antigua, pues ya se decía -en latín- de Homero que "Aliquando etiam dormitat Homerus", a saber: "Alguna vez también duerme Homero"; indicando que el gran poeta épico griego también pudo producir algún verso más o menos cojo.  El refrán nos exhorta a no ser excesivos en nuestra búsqueda de perfección.  Permitámonos algun fallito y no nos desanimemos por él.  Nos puede servir de experiencia.  Incluso los especialistas fallan alguna  vez que otra en lo suyo. 

 

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Al espantado, la sombra le basta.
Se entiende "para espantarle aún más".  Hay una variante, que dice: "Al espantado, su sombra le basta".  Esta segunda formulación concentra la raíz del temor en la propia sombra del sujeto espantado.  Según la primera fórmula, cualquier sombra circundante le basta para acrecentar su pavor.  En cualquier caso, se refiere a las aprensiones enfermizas que asedian al ser humano, sin más razón de ser que un espíritu apocado que tiende a magnificarlas.  El refrán, dentro de su observación realista, es también una invitación indirecta a sacudir lejos de nosotros las aprensiones infundadas.  Con una sana reacción de nuestro espíritu entero, debemos hacer hincapié en los valores positivos de que disponemos.  Seguro que con ellos podemos hacer frente a esas "sombras" fantasmas.  

 

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Al embarcar, el primero; al desembarcar, el postrero.
En cuanto a su forma, este refrán se acerca a un pareado octosilábico con rima consonante.  Digo que "se acerca" porque el supuesto segundo verso tiene nueve sílabas en vez de ocho -aunque dicha irregularidad puede remediarse por "compensación" (es decir, eliminando del cómputo la sílaba inicial del segundo verso por su unión vocálica con la sílaba final del primero, como haciendo una sinalefa entre ambos versos, al recitarlos) .  La rima, que aparte de ser eufónica es mnemotécnica (para ayudar al recuerdo), ha motivado la elección de la palabra el "postrero" por el "último".  Su mensaje es como una lección de actividad bien encaminada. "Al embarcar, el primero", nos indica el refrán; como diciendo: dando ejemplo, con decisión y -una vez asumida la decisión- sin arredarse ante las posibles contrariedades.  "Al desembarcar, el postrero": tal como se dice del capitán de un barco, que debe ser el último en abandonarlo; es decir: con cortesía hacia los compañeros de travesía, y sin escurrir el hombro ante la propia responsabilidad de haber liderado el embarque.  Las aplicaciones de este sencillo refrán son innumerables. 

 

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Alegrías y pesares te vendrán sin que los buscares.
El refrán presenta una pátina de antigüedad en ese futuro de subjuntivo "buscares", ya en desuso en el lenguaje coloquial; pero plenamente inteligible, e incluso común en este tipo de mensajes proverbiales.  Dicha forma verbal asegura una rima interna (pesares / buscares), de clara función mnemotécnica.  El contenido versa obviamente sobre los altibajos y claroscuros de la vida, muchos de ellos imprevisibles.  La previsión del futuro es uno de los grandes motores de la actividad humana; pero siempre hay un tanto por ciento de incógnita que queda al azar -o, dicho en clave creyente, a la providencia divina-.  Por ello es algo muy precioso saber valorar el presente y disfrutarlo; trabajar por el porvenir, y mantener una abierta esperanza respecto a lo que nos pueda deparar el futuro.

 

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Alegría es del bueno ver a otro riendo, y del malo, ver a otro llorando.
Según dicen -y es opinión que juzgo acertada- tiene más mérito alegrarse con las circunstancias buenas de los demás que entristecerse con sus desventuras.  La razón estriba en que es muy humano compadecerse de quien lo pasa mal, y parece que el camino para este tipo de solidaridad resulta muy expedito.  En cambio, alegrarse con las circunstancias favorables de otro supone un notable desprendimiento y la superación de cualquier posible envidia.  Por eso la alegría "del bueno" referida en el refrán, ciertamente es síntoma de buen y noble corazón; y si se trata de amigos, es la piedra de toque de la verdadera amistad.  Lo que se estigmatiza como desnaturalizado es alegrarse uno por ver a otro llorando, y verdaderamente tal tipo de conducta no tiene nombre, pues supone decaer de los valores humanos más elementales. Otra cosa es la rivalidad sanamente deportiva: uno se alegra por el triunfo de su equipo, que implica la derrota del contrario.  Pero  es degradante alegrarse por ese infortunio del contrario. 
 
 

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Al cazador, leña; y al leñador, caza. 
Este refrán lleva una breve coletilla explicatoria en la fuente bibliográfica de donde lo he tomado (Francisco Rodríguez Marín: "Más de 21.000 refranes castellanos"), que dice así, refiriéndose al cazador y al leñador: "les depara la suerte lo que no buscan."  Ciertamente la suerte puede ser versátil como una veleta, y regalarnos con sus caprichos.  Pero mientras se trate de regalos, bienvenidos sean.  Al cazador puede venirle bien la leña para hacer una fogata y calentarse al caer la tarde.  Y la caza, gracias a alguna trampilla o cepo que el leñador haya puesto sin mucha fe, puede servirle para llenar la olla.  La suerte es ambivalente:  solemos desear buena suerte -o simplemente suerte- a las personas que conocemos, y en ese deseo amigable está implícita la idea de que también existe la mala suerte, que de ningún modo deseamos.  Por eso, cuando nos alcance una porción al menos de buena suerte, sepamos acogerla con agradecimiento. 
   
 

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Alcanza quien no se cansa.
No llega a ser un verso, pero sí es una frase con rima interna (-canza/ cansa); y dicha rima tiene la obvia función de destacar y conectar entre sí las palabras principales del mensaje.  Éste es muy sintético y escueto en su expresión, pues ni siquiera nos dice qué es lo que se alcanza.  También eso mismo es un juego muy acorde con el lenguaje de los refranes y su proverbial concisión, y va orientado a que el lector ponga el complemento directo (del verbo transitivo "alcanzar") que más le cuadre en su contexto vital: lo mismo puede ser el coronar una dieta de adelgazamiento, que dar fin a una tesis doctoral, que aprender una lengua extranjera... Mientras más difícil sea el objetivo, mayor colaboración de constancia en el esfuerzo se nos pide.  Hay asimismo un refrán latino que abunda en esta idea: "Per aspera ad astra", que quiere decir:  "Alcanzar las alturas (a la letra,  "las estrellas"), por muy áspero y desabrido que sea el camino de subida".  Lo importante es tomar ese camino deportivamente y no desfallecer en el empeño.  Aunque es humano cansarse, nunca debemos llegar a tal punto de agotamiento que nos lleve al abandono de la empresa, supuesto que ésta merezca la pena. 

 

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Al árbol que te da sombra, para bien lo nombra.
Lo primero que convendría advertir es que la frase -algo anticuada- "para bien lo nombra" debe tomarse como imperativo "nómbralo para bien", es decir: habla de él laudatoriamente.  Hay una versión latina de este refrán, que reza así "Arbor honorificetur cuius nos umbra tuetur", que equivale a decir "Hónrese (con palabras) el árbol
cuya sombra nos protege".  En resumidas cuentas, es una invitación a vivir en un clima de agradecimiento hacia las cosas, personas y circunstancias que nos facilitan la vida.  Sería desnaturalizado insultar o criticar al árbol que nos está dando sombra y nos produce fresco en verano.  Sin embargo tal vez nos quejamos en exceso de muchos detalles que rodean nuestro existir día a día; y posiblemente esa disposición adversa nos impida disfrutar de bastantes  cosas pequeñas y agradables que también podemos encontrar en nuestra vida cotidiana. 

 

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Al cabo de un año, el perro se parece a su amo.
Recuerdo que un amigo, que tenía perros en su piso de una gran ciudad, me decía más o menos lo siguiente: "La relación que se establece entre el dueño de un perro y su perro es de tal índole que quien no tiene perro no puede hacerse idea".  Como yo no tengo perro, supongo que no tengo derecho a hacerme idea.  Pero sí he tenido gatos, en la casa donde nací y pasé mi infancia; y puedo decir que para mí no eran lo mismo los gatos "de casa", a los que casi habíamos visto nacer y -desde luego- crecer, que los gatos del vecindario.  Recuerdo uno de estos últimos, gordo, negro, y de enorme cabeza..., que para mi mente infantil era ni más ni menos que una personificación del mal. Los gatos de casa eran simpáticos compañeros de correrías y travesuras (aparte de que se encargaban de que no tuviéramos ratones rondando); y no nos amenazaban ni dañaban a menos que se vieran acorralados.  Lo aquí dicho apunta en la dirección del refrán que comentamos.  Creo que la convivencia crea una especie de simbiosis:  miradas, gestos, órdenes, preferencias... todo esto se transmite sin palabras o con el mínimo uso de palabras por parte del dueño o dueña. Por algo se habla de "animales de compañía", como un aproximado sinónimo de "domésticos", y aludiendo al mismo tiempo a ese clima de buena amistad.  

 

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Al caso repentino, el consejo de la mujer; y al de pensado, el del más barbado.
Si hay que tomar una decisión importante sobre la marcha, el refrán nos aconseja se haga caso ante todo a la opinión de la mujer que, concerniéndole esa decisión, esté presente.  La intuición femenina probablemente resolverá la incertidumbre y la duda, encaminando la decisión hacia un buen final, antes que meternos en muchas disquisiciones y razonamientos que quizá sean estériles.  Si el asunto se presenta como un problema a resolver tras madura deliberación, en dicha deliberación debe pesar mucho la opinión del "más barbado", es decir: del más cargado de experiencia, debido a su larga edad.

 

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Al carro volcado, todos le dan de mano.
Al carro volcado, todos le dan la mano.

Aquí tenemos simultáneamente presentes dos refranes contradictorios.  Es curioso que, siendo los refranes por lo general un buen índice de los comportamientos humanos, y -sobre esa base- teniendo tantos parecidos mutuos, a veces, aun entre distintas culturas e idiomas..., ahora en este caso diverjan tajantemente dentro de nuestra misma cultura, y con referencia a la misma situación.  Resulta que se ha caído un carro por un camino vecinal.  El arriero no puede ponerlo de pie él solo, y necesita que le ayuden los viandantes, pero "todos le dan de mano", dice el primer refrán; es decir: la gente escurre el bulto, y no ayuda.  Es un retrato, verdaderamente fiel -por desgracia- de lo que ocurre muchas veces: "No es mi problema", "Allá se las arregle" -decimos o pensamos-.  Nuestra insolidaridad queda patente.  Por el contrario, el segundo refrán muestra el buen fondo humano que hay en muchas personas; ante un carro volcado en el camino, algún transeúnte se siente movido a ayudar y -a su ejemplo- van surgiendo voluntarios para arrimar el hombro y enderezar el carro: "Todos le dan la mano", y se prestan a colaborar.  También, para nuestro confort interior, es éste un retrato de lo que a veces ocurre.  El panorama no es tan negro ni tan contradictorio como a primera vista parece.  Ya Jesús de Nazaret, hace casi veinte siglos, tipificó estas conductas inhumanas/humanas en la conocida parábola del Buen Samaritano.  Con su palabra nos anima a formar parte de los que con corazón humano  ayudan a sus semejantes.   

                    

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A caballo regalado no le mires el diente. 
Este refrán tiene variantes, seguramente más antiguas, que rezan así:  "Al caballo de presente, no le mires el diente"; y "Al caballo presentado, con los ojos cerrados" ("has de recibirlo", se entiende).  Estas dos versiones presentan la ventaja de la rima, pero la desventaja de que quizá se entiendan peor: "presentado" o "de presente" quiere decir 'recibido como regalo'.  El refrán nos enseña que se debe agradecer todo regalo a la persona que nos lo hace, pues su intención es agasajarnos, independientemente de la calidad del regalo.  Dejemos a un lado nuestro sentido crítico cuando recibimos un regalo, y demos muestras de agradecimiento a quien nos lo hace, pues así correspondemos a su buena intención.  Si además el regalo merece nuestro aplauso, mejor que mejor.    

 

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Al buen negociador no le duelen los pies.
El buen negociador tendrá que hacer más de un viaje para lograr acuerdos en la negociación, o bien -como negociante- para vender las mercancías de su negocio.  Lo menos que se le puede pedir es que sea sufrido con las propias molestias inherentes a su trabajo, lejos de ponerse en plan quejica y lamentarse de que le duelen los pies de tanto moverse de acá para allá.  Hay un punto de optimismo y asertividad que debe alcanzar quien de veras se propone algo.  Viene aquí a cuento -incluso por asociación de ideas- una historieta que se narra a propósito de un comerciante que fue destinado al África profunda y primitiva para allí vender zapatos.  Volvió desolado, diciendo:  "Imposible hacer negocio.  Allí todo el mundo anda descalzo". En vista de ello enviaron a otro con el mismo cometido.  Éste envió un mensaje que irradiaba alegría a su oficina central:  "Enviadme un enorme surtido de zapatos:  aquí todo el mundo va descalzo".  Sin optimismo y un cierto espíritu de lucha no conseguiremos nada.

 

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Al buen entendedor, con media palabra basta.
Al buen entendedor, pocas palabras, y ésas, sabias.
Es bastante conocida la versión latina de la idea aquí expuesta, que por cierto hace gala de la misma brevedad que predica: "INTELLIGENTI  PAUCA", que quiere decir: "Al inteligente, pocas (palabras).  Este proverbio latino casi cumple el consejo del primer refrán citado, al darnos, no media palabra, pero sí media frase, omitiendo incluso el sustantivo "palabras".  Es un hecho que en la comunicación por el lenguaje tienen un papel protagonista ciertos ingredientes que no son precisamente las palabras, sino el tono, el contexto, los gestos que acompañan, etc.  Se pone en juego un complejo de circunstancias que quita mucho relieve a lo que nos parece esencial: la aparición de las palabras.  Por ello el comunicador inteligente y el receptor inteligente de una comunicación podrán dar y entender un mensaje con notable economía lingüística.  Es mucha verdad que la abundancia de palabras puede ahogar la espontaneidad y frescura de una buena comunicación.

 

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Albarda sobre albarda, una por la barriga y otra por la espalda.
Las albardas son como las alforjas, para llevar cosas encima.  La alusión a la doble albarda, que desde el hombro cae hacia delante (barriga) y hacia atrás (espalda), incide más en la idea de que el portador es humano, y se trata en realidad de unas alforjas, más que de un serón de carga puesto sobre un burro o un mulo -que, por cierto, no tienen espaldas, sino lomos-.  Humorísticamente se alude a los que se expresan sin avanzar en las ideas, dando siempre vueltas a lo mismo mediante palabras y más palabras que repiten lo ya dicho.  Sin duda nos recuerda penosos discursos que los sufridos ciudadanos tenemos que padecer sin que se nos brinden soluciones a los problemas reales.  Con un lenguaje castizo, el refrán retrata situaciones de todos los tiempos.

 

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A la vuelta del cerrillo está el ventorrillo.
En esos diminutivos que -además- riman, dando así sonoridad al refrán, está la clave del mismo:  el cerro, donde posiblemente el hombre tiene su trabajo agrícola de arado, siembra, regadío, cosecha, etc.; y la venta rural, donde a la vuelta se reúne con sus amigos a tomar unos chatos de vino y conversar relajadamente.  Los diminutivos tienen un sentido afectivo; no de disminución de tamaño, sino de trato cariñoso.  Quiere decir que el trabajo encuentra también su compensación humana, como lo es disfrutar del vino y de la compañía de otros colegas.  Hasta ahí, todo se ve muy humano.  El refrán, sin embargo, va más allá, y avisa veladamente del peligro que supone dar prioridad a la diversión y al solaz amigable sobre la normal obligación de trabajar para vivir (donde, por cierto, está implicada la subsistencia de la propia familia).  Me recuerda un dicho popular, también en verso, que, con cazurra picardía, y echando mano de ciertas obligaciones religiosas, reza así: "Yo no voy a la iglesia / porque estoy cojo, / pero voy a la taberna / poquito a poco." 
 

 

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A la tórtola y al moral no los engaña el tiempo.
Por medio de dos representantes respectivos del reino animal y del vegetal, se simboliza aquí toda la naturaleza que se despliega ante el ser humano.  La tórtola suele venir ya bien entrada la primavera, justo cuando el moral echa sus brotes.  Los seres no humanos de la naturaleza tienen una sensibilidad muy especial para el clima y las estaciones, mientras que los humanos solemos vernos sorprendidos por una lluvia, un vendaval, o un cambio inesperado de temperatura.  Con cierta frecuencia, no vamos bien abrigados o tal vez no salimos protegidos frente a la lluvia en un día nuboso.  Es éste un elemento digno de nuestra reflexión, y que sin duda nos conduce a una cierta humildad.  Incluso los partes meteorológicos oficiales se equivocan, a veces cuando más interés tenemos en conocer el clima. Junto a la humildad podemos cultivar nuestro sentido de previsión, en lo posible, y precavernos frente a las sorpresas climáticas o estacionales.  Y, una vez más, admirar la sabiduría de la naturaleza; lo cual nos ayudará a elevar sanamente el espíritu.

 

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Alba manchada, tormenta asegurada. 
Por "alba manchada" se entiende un amanecer con nubes rojas -más propias éstas del ocaso- en pleno verano.  Tal fenómeno equivale a una predicción de lluvia veraniega.  Las personas que viven en el campo y del campo tienen una sensibilidad especial para detectar y descifrar estos signos del lenguaje de la naturaleza.  Recuerdo a un agricultor retirado, ya bastante mayor, que en Arcos de la Frontera (Cádiz) me explicó con todo detalle el funcionamiento de las llamadas "cabañuelas de agosto", y su fuerza de predicción para el clima de todo el año.  Jesús de Nazareth, maestro del espíritu, pero también de la vida humana, decía a sus discípulos -cuando éstos le pidieron una señal venida del cielo-:  -Al caer la tarde decís:  "Está el cielo colorado, va a hacer bueno";  por la mañana decís: "Está el cielo de un color triste, hoy va a haber tormenta".  El aspecto del cielo sabéis interpretarlo, ¿Y la señal de cada momento no sois capaces?  
Es una clara invitación a interpretar en clave humana la señal de cada momento.  No la desoigamos.  Puede ser vital para nuestra felicidad de aquí en adelante.

 

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A las veces, es más el ruido que las nueces.
Se trata de una variante del refrán bien conocido "Mucho ruido, y pocas nueces", con la ventaja ahora de la rima -veces / nueces- que siempre es un factor que ayuda a la memoria.  La formulación algo arcaica "a las veces..." (por "a veces...") también es un rasgo simpático del lenguaje.  Las nueces, al caer del nogal o al cascarlas luego para comérnoslas, producen ruido.  Pero algunas, para nuestra desilusión, pueden estar vanas. Todas, incluso las vanas, producen ruido.  Es una invitación para no confiarnos mucho en las apariencias externas, y también para tener sentido del humor a la hora de superar pequeñas decepciones. 
 
 

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A largo camino, se conoce el hombre.
La palabra "hombre", que suele aparecer en muchos refranes y frases sentenciosas, procede del latín "HOMINEM"; de ahí "omne" -como era frecuente decir en la Edad Media- y nuestro actual término "hombre".  Muchos lingüistas han visto ahí la raíz indouropea "dhghem", que significa 'tierra', de la que también viene el adjetivo derivado "humano".  Tanto "hombre como "humano" se relacionan con el latín "HUMUS", que igualmente quiere decir "tierra"; sin duda por el relato que hace el Génesis acerca de la creación del ser humano a partir del barro de la tierra.  "Hombre" equivale pues a "ser humano", tanto varón como mujer (en nuestra lengua madre había palabras específicas para cada uno de los sexos, como "VIR" y "MULIER", respectivamente).  Por tanto, nuestro refrán, como otros muchos donde aparece "hombre",  se debe tomar en ese sentido genérico que abarca tanto al varón como a la mujer.  Quiere decir que no se puede conocer a la persona humana a través de primeras impresiones o de algún breve encuentro.  Es el trato a largo plazo y la convivencia los que nos hacen conocer mejor a las personas.  Y especialmente en las circunstancias de dificultad, como las que van anejas a un largo camino, es donde mejor conocemos a nuestros y nuestras semejantes.

 

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Al arbolito, desde chiquito. 
La implicación de este refrán está en la idea de que el árbol debe guiarse por su plantador desde que es pequeño.  Siendo pequeño, ese arbolito que con orgullo y temor se alza sobre la tierra, puede ser derribado por un golpe de viento, por la lluvia, e incluso por una oleada de riego más fuerte de lo normal.  ¿Quién no ha visto esas guías derechas y verticales a las que suele atarse el árbol?  En los primeros momentos de su vida, el arbolito necesita que se le dirija.  Hay una frase proverbial que reza así:  "Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo." Al parecer, ahí se compendia la misión de la vida humana.  En nuestro refrán de hoy se resumen las tres aspiraciones vitales que detalla -también con espíritu de generalización- la frase proverbial.  Pues en el arbolito está simbolizada al mismo tiempo la educación del hijo (o de los hijos e hijas), y la obra humana o trabajo que dé de comer a nuestra familia y dignifique

              nuestra vida. No se trata sólo de "tener", sino de dar sentido a "eso" -tan precioso- que se tiene.  

  

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A la que cuece y amasa, de todo le pasa.
Refrán que está ambientado en una sociedad donde era prácticamente desconocido el concepto de "cocinero" masculino, tratándose generalmente de mujeres cocineras e incluso panaderas.  Hoy contamos con eminentes varones cocineros también, y con escuelas de cocina y panadería para ambos sexos.  Pues bien, en la mentalidad del refrán, se nos exhorta a no echar la culpa a la cocinera de cualquier desazón que encontremos en la comida -sopa fría, plato falto de sal, etc.-, pues tal vez la sopa se ha enfriado por tardar los demás en sentarnos a la mesa, o la falta de sal se debe a que ella piensa que cada comensal puede salar el plato a su gusto.  Tenemos medios para subsanar estas cosas, como un salero o un microondas, sin necesidad de hacer comentarios ingratos para quien preparó la comida.  Por extensión, se nos recomienda no culpar irreflexivamente a la mujer por cualquier deficiencia que encontremos en la casa.  Creo que el refrán tiene también otra dimensión, y es la que expresa su refrán hermano "Quien no se embarca, no se marea", a saber:  La que cuece y amasa se expone a una pequeña quemadura, un tiznón en la ropa -que por ello conviene que sea ropa de trabajo-, incluso a la eventualidad de que se le caiga al suelo lo que está preparando.  Todo oficio tiene sus riesgos, y hay que asumirlos con buen espíritu al emprender la labor.  De lo contrario estaremos siempre con los brazos cruzados, esperando que otros nos faciliten un cómodo trabajo y un cómodo vivir. 
 
 

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A la primera azadonada, disteis en el agua. 
Dar con agua a la primera azadonada es todo un golpe de suerte para quien intenta excavar un pozo:  quiere decir que ya no hace falta el pozo, pues estamos ante un manantial que, bien encauzado, regará nuestras tierras.  La imagen es aplicable asimismo a la figura de quien busca ese legendario tesoro que solía esconderse enterrado en un campo.  Su búsqueda puede ser larga, e incluso infructuosa; o, por el contrario, puede verse recompensada por el éxito en el primer golpe de azadón. ¡Qué suerte sería eso!, igualmente que en el caso del agua.  Por cierto, ambos casos pueden superponerse e identificarse, desde el punto de vista de que el agua es un también un tesoro para el campo y para la vida. Si no hay tanta suerte al primer intento -lo que hubiera sido ciertamente milagroso-, echaremos mano de otro refrán, anteriormente comentado: "Ahonda, y sacarás agua".  En el plano de las relaciones humanas, sin duda hay mucho tesoro escondido que circula a nuestro alrededor.  Dar con alguno de esos tesoros depende bastante de la suerte, pero también de nuestra actitud. ¿Somos pacientes, humanos y afectuosos en el trato? ¿Consideramos las buenas cualidades de los demás?   ¿O no tenemos tiempo? Podemos estar perdiéndonos más de un tesoro por falta de tino o de constancia.  
  
 

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A la pluma y a la espada no hay imposible nada. 
Alude a los dos medios que se consideran básicos para conseguir cosas:  las razones -representadas por la pluma-, o la lucha -representada por la espada-.  Parece aconsejar que cuando se agotan los razonamientos se recurra a la lucha, aunque entendamos bien que ésta debe efectuarse en el marco de la democracia: cauces legales, manifestaciones o incluso huelgas contempladas por la ley, etc.  Lo contrario sería recurrir a la violencia y a la ley del más fuerte, tomándonos la justicia por nuestra mano; con lo que arruinaríamos las bases de la convivencia democrática, creando así un serio peligro para todos.  Lo que en el fondo nos enseña el refrán es poner voluntad en nuestros trabajos, asuntos y compromisos, incluso luchando sanamente por todo ello.

 

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A la puente, o al vado.
Se nos recomienda aquí ser decididos, lejos del inacabable y estéril titubeo.  Si hay que cruzar el río, busquemos un puente o internémonos por el vado más cercano, pues corremos el riesgo de eternizarnos en la inmovilidad, considerando siempre ese río como una dificultad en nuestro camino.  Nótese que la formulación del refrán usa el arcaísmo de "puente" como sustantivo femenino de nuestra lengua; tal y como antiguamente, cuando Pontevedra recibió su histórico nombre de "puente vieja" -PONTE(M) VETERA(M) en latín vulgar, de donde nos viene el topónimo Pontevedra-.

 

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A la pesca y a la caza, cachaza.
Todos hemos visto pescadores sosteniendo la caña en las manos -a veces agitándola para lanzar el anzuelo-, en la margen de algún río o en las orillas de la mar.  En nuestro mundo de prisas y ajetreo, esa imagen del pescador tesonero y paciente, es un grato contrapunto lleno de humanidad.  Algo parecido cabe decir del cazador, quien debe actuar con sagacidad, prudencia y sigilo para no espantar a la caza.  El momento de la caza puede reducirse a un instante -como el tirón que da el pescador de caña al percibir la picada-, pero tiene detrás un considerable tiempo de preparación y, por supuesto, una psicología especial: eso que nuestro refrán llama castizamente "cachaza", y podríamos glosar como "paciencia imperturbable".  ¡Qué buena referencia para tantas situaciones que vivimos todos, innecesariamente agobiados por el estrés!  

 

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Al amor lo pintan ciego.
Creo que fácilmente se nos evoca la imagen de Cupido, el niño flechador con sus ojos vendados, dispuesto a hacer de las suyas enamorando a los humanos.  Cupido es la versión latina de Eros, dios griego del Amor, quien empezó a representarse iconográficamente como un hombre, y con el tiempo se pasó a representarlo como un adolescente,  y por fin como un niño -tal vez para reforzar la idea de la inconsciencia implicada en el enamoramiento-.  El detalle de los ojos tapados abunda en lo mismo.  De Eros nos viene el adjetivo "erótico", el sustantivo "erotismo", etc.  Y de Cupido que significa en latín "deseo" -muy frecuentemente aplicado al deseo sexual- nos viene la raíz que encontramos en la palabra "conCUPIScencia", y por supuesto la imagen del diosecillo que dispara traviesas flechas. Creo que es útil distinguir entre el enamoramiento y el amor.  El enamoramiento, como fogonazo de belleza y atractivo que despierta nuestra sensibilidad hacia la persona "amada", sí tiene bastante de esa ceguera de que habla el refrán.  No se ve defecto alguno en esa persona que vivamente nos atrae, o en todo caso pensamos que cualquier posible defecto o contrariedad va a ser superable.  Pero el enamoramiento normalmente debe ceder paso al amor, segunda fase del proceso, donde sin cerrarnos a la sensibilidad y al impacto de la belleza, hacemos intervenir todo nuestro mundo interior, incluida nuestra inteligencia y nuestra voluntad.  Es conveniente que si entramos por el camino del amor lo hagamos con toda nuestra riqueza personal, sin excluir el pensamiento;  entonces querremos a la otra persona con plena libertad, y no ciegamente.  Así no habrá lugar luego a la fácil excusa -en caso de desavenencia- de "yo no sabía lo que hacía".  Es más: poniendo corazón y cabeza por ambas partes de la pareja, se pueden enmendar muchas desavenencias, y hacer que redunden para bien.  Por eso yo corregiría el refrán, diciendo: "Al enamoramiento lo pintan ciego, y al amor con la mirada bien abierta."  

 

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¡Al agua, patos; que se la beben los gusarapos!
Este refrán tiene un sabor epicúreo, pues invita a seguir la senda de lo que nos resulta agradable, antes de que sea tarde. Exhorta a "tirarse a la piscina" -como se suele decir- sin pensarlo más.  Resulta obvio que guiarnos por el gusto irreflexivamente puede acarrearnos problemas, pues ya de entrada arrincona una parcela muy importante de nuestra vida íntima, como es nuestra capacidad intelectual, o sea: usar la cabeza y ser personas racionales aun en las ocasiones más apremiantes. Pero debemos interpretar el refrán en positivo y aprovechar algo de su enseñanza; creo que en este aspecto se refiere a no desaprovechar las ocasiones que nos puedan aportar auténtica felicidad.  La sabiduría popular nos enseña que "la ocasión la pintan calva, y hay que cogerla por los pelos".

 

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A la feria muchos van, a ver y no a comprar.
Creo que muchos nos vemos retratados en este refrán.  Toda feria tiene su parte de mercado, con tenderetes y atracciones.  A veces tomamos la feria como pretexto para dar un paseo ameno y barato:  descansamos dándonos una vuelta por un ambiente nuevo, miramos cosas y tal vez precios, pensamos lo que nos ahorramos no comprando, y seguimos adelante.  No está mal, y somos libres para hacerlo así;  pero pensemos que si todo el mundo hiciera eso, la feria se acabaría, y los grandes o pequeños negocios de los tenderetes acusarían pérdidas o incluso se vendrían abajo.  El clima festivo de la feria debe invitarnos a participar, comprando aunque sea un pequeño detalle, un regalito que queremos hacer a alguien o a nosotros mismos.  Otros comprarán más, si pueden gastarse más.  Pero lo importante es integrarse de algún modo en la organización, eligiendo algo.  Es una manera de solidarizarse y de agradecer que hayan montado aquello para brindarnos un rato de relax y -obviamente- conseguir alguna ganancia que encarrile el negocio.  Ahora os pido que, dando un paso más, consideremos la vida como una gran feria, por la que deambulamos tal vez con alguien de nuestra familia.  ¿Nos gustaría pasar por la vida sin participar en ella, sin inmiscuirnos,  sólo disfrutando del ahorro que vamos logrando?  Hay mil ocasiones de integrarnos e intervenir para bien. No creo que haya otra manera de vivir en plenitud la vida.      

 

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En un jardín crecen más cosas que las que siembra el jardinero.
Es obvio que en un jardín crecen hierbas no deseadas -que llamamos malezas-, crece musgo, crecen bichos y telarañas, se genera oxígeno... Todo eso es vida, y no todo es  -desde luego- negativo.  En un plano metafórico, podemos decir que un jardín bien cuidado también genera relax, serenidad de espíritu, equilibrio en nuestras facultades humanas.  Creo que por eso el enunciado de refrán dice "cosas", y no "flores" o "plantas".  Profundizando en el sentido metafórico, todos somos jardineros de nuestro propio vergel interior.  ¿Qué sembramos allí? ¿Qué crece allí, aparte de lo que sembramos? ¿Cuidamos nuestro jardín? ¿Nos da paz? En nuestra mano está todo ello.  No es muy difícil, pero nos demanda un cierto trabajo, que se promete gratificante.     

 

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A la buena hilandera, nunca le falta camisa.
Parece lógico que cada familia esté bien aprovisionada de aquello que entra dentro de su negocio o medio de vida.  No es concebible, por ejemplo, que si el negocio familiar es una papelería, a los hijos les falte un cuaderno para estudiar en la escuela, o que los hijos de un panadero no prueben el pan.  Argumentando por el lado contrario -es decir, desde la ilogicidad y el ridículo- hay refranes que ponen de relieve el mismo mensaje, como "En casa del herrero, sartén de palo".

 

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A la conciencia, nadie la engaña.
Muchas veces se hace molesta la voz de la conciencia, cuando nos desvela la pobreza de nuestra interioridad, pero ahí está. Podemos camuflarla o hacernos los sordos a ella, pero tarde o temprano se nos hace oír.  Un buen trabajo interior es formar correctamente la conciencia, lejos de esquivarla o desoírla.  Dicho de otro modo: huir del autoengaño, y vivir en conformidad con la persona que queremos ser.
 

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Ajenos cuidados, sentirlos, pero no llorarlos. 
Este refrán es una llamada a la serenidad, no a la indiferencia y frialdad de corazón.  Hay una diferencia entre "llorar" y "sentir".  Es lógico que lloremos en ocasiones tristes que nos afectan, por tratarse de desgracias familiares, o de bien de amistades íntimas, cuyos problemas sentimos como propios.  Más allá de ese círculo se nos recomienda "sentir", es decir: sensibilizarnos con asuntos y dificultades de personas que no nos resultan tan cercanos.  Mantenernos serenos y tratar de ayudar en lo posible.  Se me viene a la mente la anécdota de un traumatólogo de Urgencias de un Hospital, a quien -ante un accidente que produjo varios heridos, y algunos graves- le preguntaron si él no se ponía nervioso.  Respondió:  "Si yo me pongo nervioso, ¿quién opera?.  Es importante que hacernos sensibles no disminuya nuestra capacidad de actuación.      

 

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Ahora que te veo me acuerdo; que si no te encontrara, no me acordara.
Creo que estamos ante un refrán simpático, por su sinceridad y humildad.  Es humano olvidarnos unos de otros si no tenemos "roce", es decir: trato frecuente, en lenguaje popular.  Lo mismo se olvidan problemas, situaciones, propósitos...  Volver a ver a personas que para nosotros significan mucho o bastante, es también integrarnos de nuevo un poco en sus respectivos mundos, y compartir un rato en común que, sea largo o corto, puede resultar muy sabroso.  Todo esto se nos pasa por la mente; pero lo gracioso de este refrán es que lo manifiesta ingenuamente con palabras, convirtiendo así la debilidad propia en confidencia amigable.   
 

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A hombre reñidor y caballo corredor, poco les dura el honor.

              La razón es obvia.  Tanto ese hombre como ese caballo compiten por un premio muy enraizado en la animalidad, y muy

              efímero.  Pronto les saldrá un competidor que les aventaje, que es como decir: aparecerá un bruto más bruto todavía.

              Cuando se trata de valores morales enraizados en el amor, huelga toda competencia y -por otra parte- es muy difícil

              calcular las dimensiones del amor.  El amor ennoblece la actividad humana.

 

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Ahonda, y sacarás agua. 
Hay terrenos muy favorables a la fabricación de pozos:  basta con cavar convenientemente, y a alguna profundidad se encuentra agua. No obstante, es una labor de paciencia encontrarla, incluso en tales casos, pues no está fijado el número de metros que habrá que cavar ahondando.  Por ello el refrán exhorta a la constancia en el trabajo emprendido, el cual metafóricamente se extiende a cualquier otro trabajo que nos ocupe.  La perseverancia y el tesón puesto en lo que queremos conseguir son importantes para el éxito.

 

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Aguja en pajar, mala es de hallar. 
 "Eso es como encontrar una aguja en un pajar", decimos cuando emprendemos una búsqueda, que se presiente infructuosa, de un documento importante de entre un cajón lleno de papeles.  La consecuencia de una situación así o parecida, y que ahora nos recuerda el refrán, es que mantengamos un orden razonable en las cosas importantes.  Puede parecer un lujo, pero es un lujo necesario y -a la corta y a la larga- nos hace ahorrar tiempo y energías-.

 

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A gusto dañado, lo dulce le es amargo. 
Si no nos gustan cosas que a otros en nuestro ambiente les parecen buenas -puede tratarse de películas, libros, exposiciones de arte, lugares de turismo, etc.-, y esto se da con cierta frecuencia, puede ser que tengamos el gusto dañado por algún amargor interno.  Vale la pena que lo tratemos con alguien que nos merezca confianza, y si tenemos ánimo de superarnos, la superación puede ser bien sencilla.  Basta con abrirnos.  Nuestro psiquismo lo agradecerá.  

 

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Agua pasada no es espada.
Se nos muestra aquí una variante rimada de otro refrán bien conocido:  "Agua pasada no mueve molino".  La rima, por su sonoridad rítmica, es una ayuda para la memoria, y desde luego ha ejercido esa función mnemotécnica cuando los refranes, más que escribirse y leerse, se difundían de boca en boca.  Creo que los mayores de ahora conservamos el recuerdo de muchos refranes aprendidos oralmente de nuestros padres, abuelos o maestros. El presente refrán es una invitación a no demorarnos excesivamente en rumiar un pasado que ya no volverá.  Más vale vivir el presente, que es lo que tenemos, y prepararnos en lo posible para afrontar los retos del futuro.  Existe un breve dicho, que es como un compendio de los citados proverbios: "Lo pasado, pasado."  He aquí también una buena máxima para olvidar situaciones desagradables y -cuando así lo estimemos justo y solidario- perdonar a quien nos las motivara.  

 

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Agua y candela, a nadie se niegan.
Es un consejo evangélico -por otra parte, bastante obvio- ofrecer un vaso de agua a la persona sedienta que así nos lo pida.  En cuanto al fuego, siempre ha sido un elemento necesario para hacer la comida; e incluso ahora, que existen otras soluciones técnicas, se ve a veces este letrero en restaurantes que se anuncian como "asadores" de carne: "Horno de leña".  Antiguamente el fuego resultaba difícil de encender, y no era infrecuente pedir fuego al vecindario.  El Arcipreste de Hita dice -en el "Libro del Buen Amor", hablando con la Muerte, y aludiendo a sus intempestivas visitas a domicilio-:  "como el fuego vas, de vecina en vecina".   Por otra parte, cuando se piensa en las fogatas que los pastores y campesinos solían hacer por la noche en el campo, para cenar y calentarse, nos podemos imaginar que algún caminante aterido y sediento pasa por allí.  Ciertamente sería inhumano negarle agua, algo de alimento y un lugar junto al fuego.  Tal ambiente de hospitalidad es el que este refrán trata de crear.  Queda a nuestra iniciativa cómo adaptarlo a nuestra vida en las ciudades modernas.      

 

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Acuérdate de ti, y te olvidarás de mí.
Este refrán castellano no es una invitación al egoísmo ni al solipsismo de encerrarse uno en sí, olvidando al prójimo.  Está inspirado más bien en la consideración evangélica de no detenerte a ver la mota en el ojo de tu hermano, teniendo una viga en tu propio ojo, que -aparte de ser gravosa para tu crecimiento como persona- te impide ver objetivamente las cualidades de los demás.  Ante todo cultivemos en nosotros una mirada sana y, puestos a hacer limpieza, empecemos por nosotros mismos.

 

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Agua corriente no mata a la gente; agua "estancá" la matará.
Cuando la naturaleza no estaba tan contaminada como ahora con pesticidas, residuos de basura dispersa, plásticos abandonados, etc., este refrán servía de guía a quien caminaba campo a través para saber de qué agua podía beber, y de qué agua debía abstenerse.  El agua que fluye cuenta con la función purificadora y renovadora de la fuente, lo cual no ocurre con el agua estancada, que se pudre, y se puebla de alimañas y verdín.  El problema ahora es que hay fuentes y cauces contaminados.  En la formulación del refrán se da un recurso a la pronunciación andaluza o extremeña, en esa palabra entrecomillada "estancá", que aunque sea vulgar resulta entrañable, a la vez que consigue para el refrán una rima perfecta.  Hay una variante de este refrán, que se aplica -como puede aplicarse este mismo, aunque quizá con menos propiedad- a la situación de alabar a la persona diligente, que se mueve y actúa; y desautorizar al ocioso y holgazán, comparable al agua estancada, inmóvil.  Es el siguiente:
 

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Agua estancada, agua encenagada.     

 

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Afligir al afligido, es de corazón podrido.
Seguramente es un refrán muy antiguo, pues ya se formulaba en lengua latina: "Afflictis non est addenda afflictio", que a la letra quiere decir:  'No se debe añadir más aflicción a quienes ya están afligidos'.  La más elemental psicología recomienda no agobiar -en lo posible- con reproches, reconvenciones o malas noticias a quien ya de por sí viene cargado anímicamente con un gran peso encima. Ya llegará el momento propicio de hacerle caer en la cuenta de sus responsabilidades. Es lo que popularmente se dice "no echar sal en la herida". Lo contrario sería obrar como quien no tiene corazón humano, o -dicho de otro modo- tiene "el corazón podrido

 

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Ovejas bobas, por donde va una, van todas.
Es un aviso contra el borreguismo, que resulta ser por desgracia más común de lo que parece.  Consiste en seguir los dictados de la mayoría, sin discernimiento alguno ni criterio propio. Por ahí vamos a una sociedad de títeres, regida por sutiles hilos de poder, conformismo masivo, y el sospechoso aval que aporta la opinión más seguida por una mayoría deficientemente informada.  Hay dichos bien conocidos que apuntan en esa línea, como por ejemplo: "¿A dónde va Vicente? Adonde va la gente."  

 

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A falta de ciencia, ten obediencia.
Es imposible saber de todo, y por ello a veces hay que recurrir al criterio de autoridad, o bien -dicho con otras palabras- fiarnos de quien conoce a fondo el asunto en cuestión.  Esto no es entregarse al borreguismo de creérnoslo todo sin discriminación.  Precisamente se impone un criterio bien formado para elegir y saber de quién podemos fiarnos.

 

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A duelos y trabajos, corazón ancho.
Breve refrán, incluso carente de verbo, que nos mentaliza para enfocar los reveses de la vida en positivo, con energías brotadas de la buena voluntad.  Es muy conocida la variante "A mal tiempo, buena cara".

 

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A escote, nada es caro. 
Supongamos que se reúne un grupo de amigos para pasarlo bien.  Se establece un fondo común, aportando todos la misma cantidad.  Si el fondo se acaba, y aún tienen "cuerda para rato", y se lo pueden permitir, se hace una nueva aportación al fondo. Así se lo pasan todos en grande, sin preocupación especial por el gasto inmediato que toca hacer.  En realidad están pagando a escote y, aunque se está gastando dinero, da la sensación de que nada resulta especialmente caro.  Al mismo tiempo se está practicando la solidaridad, el espíritu de grupo, compatible con la sana diversión.  
 

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Adonde el corazón se inclina, el pie camina. 
El corazón, como centro de la vida interior, es el gran motor de nuestra conducta.  Una conocida novela italiana, de Susana Tamaro, se titula "Adonde el corazón te lleve".  De ahí, la importancia de cultivar nuestro corazón en su actividad y en su crecimiento espiritual, a fin de que nos conduzca a la mayor felicidad posible.  San Agustín solía exclamar "Amor meus, pondus meum", que traduciré libremente como: 'El amor es el peso que tira de mí'.  En esta línea, Blas Pascal decía: "El corazón tiene razones que la razón no conoce".    
 

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A discursos necios, oídos sordos.
Existe la variante "A palabras necias, oídos sordos."  El refrán se comenta por sí mismo.

 

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Adonde paces, y no adonde naces.
La formulación de este refrán adolece de un cierto arcaísmo, como no es infrecuente en este género entre literario y popular.  Hoy preferiríamos decir "Donde paces, y no donde naces." Alude a que conforma más nuestra personalidad el lugar donde vivimos y trabajamos que nuestra propia tierra natal (en caso de haber diferencia entre ambos lugares).  No por ello se devalúa el amor a la "patria chica" o terruño; más bien se insiste en que nuestra patria vital está allí donde desarrollamos nuestra actividad y vamos madurando nosotros mismos.

 

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Adondequiera que fueres, haz lo que vieres. (También: "...haz como vieres"). 
 Sobre la palabra inicial "adondequiera", diré que está bien empleada, pues tiene una referencia dinámica y direccional de "lugar adonde", seguida por el verbo "ir".  Es curioso el uso del futuro de subjuntivo, ya prácticamente en desuso -"fueres", "vieres"-, que le da un aire venerable al dicho.  Yo prefiero la versión dada entre paréntesis "haz como vieres", ya que no siempre es aconsejable hacer miméticamente lo que se ve hacer a otros, aunque sí es una buena norma tratar de adaptarse a las costumbres del lugar donde se está (aunque sea por unos días); y en este sentido y de modo general, actuar "como" la gente que allí reside.     

 

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A Dios adorando, y parva limpiando.
Aventar la parva para limpiarla, separando el trigo de la paja con la ayuda del viento, era un quehacer obligado en cualquier era, tras la trilla. Hablo en pasado, pues me refiero a una labor manual, realizada bieldo en mano por el personal de la era, antes de que entrara la mecanización para tales labores.  Aunque se pida la ayuda de lo alto, tal vez rezando a Dios por la prosperidad de la cosecha, no debe descuidarse el trabajo humano. Se supone que Dios no va a favorecer a los indolentes.  Hay otras variantes, que existen en nuestra memoria colectiva:  "A quien madruga, Dios le ayuda".  "A Dios rogando, y con el mazo dando".   

 

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A dar está obligado aquel a quien han dado.
Hay muchas cosas buenas que hemos recibido, al parecer sin merecimiento especial por nuestra parte.  Ya que el hombre es un ser social, se nos impone la llamada a compartir con los menos favorecidos.  Y no me refiero sólo a ayuda económica, sino también a abrirnos para dar nuestro tiempo, nuestra afabilidad, nuestro saludo, nuestra sonrisa, nuestra disponibilidad, en una palabra.  Hay una variante de este refrán, en clave creyente:  "A dar no nos neguemos, pues Dios nos da para que demos."

 

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A destajo, mal trabajo.
Se nos avisa aquí que nos prevengamos para -en lo posible- no trabajar contra reloj.  La precipitación puede ser muy negativa para el deseado trabajo bien hecho, así como para nuestra propia estabilidad psicológica.

 

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A cualquier cosa le llaman rosa.
Es un mensaje que nos invita a disfrutar -mediante el discernimiento- de la verdadera belleza, separándola de tantas pretendidas obras de arte que no son más que vulgaridades. La naturaleza como sublime norma del arte creo que también queda patente en este refrán.

 

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A cuchillo que no corta, ponerle el dedo.
¿Quién se atrevería a probar un cuchillo aparentemente embotado en su propio dedo? ¿Y si en realidad corta?  Calibrar los riesgos y actuar en consecuencia parece siempre el proceder más sensato, con preferencia a cualquier tipo de bravuconería. 
 

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Aceituna y fortuna, a veces mucha y a veces ninguna.
Alude a los altibajos en la fortuna y en la consecuente provisión de la despensa.  Esperar la buena suerte sin desesperar de ella puede ser un buen consejo.
 

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Acostarse temprano y levantarse temprano, hace al hombre activo, rico y sano.
Por asociación de ideas me recuerda una frase proverbial, que aprendí de pequeño: "Acuéstate tarde y levántate temprano, lo mismo en invierno que en verano." Esta frase parece menos respetuosa con el tiempo de descanso y sueño, que obviamente quedaría reducido.  El refrán que hoy aportamos contempla el normal y necesario tiempo de reposo, e invita a algo tan bonito como es disfrutar de la mañana.
 

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Aceituna comida, hueso fuera
Cuando se da un asunto por zanjado, no darle más vueltas, eternizando así el problema.  "Hueso fuera" quiere decir: líbrate ya de esa preocupación.

 

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Aceite y vino, bálsamo divino

           Cuando había que fabricarse las medicinas a base de remedios caseros, el aceite y el vino serían muy apreciados a este

               respecto. El Evangelio de San Lucas, en el conocido episodio del Buen Samaritano, narra -de labios de Jesús-

               cómo aquel personaje curaba las heridas de un hombre malherido que había sido atacado por bandidos: "Le echó

               aceite y vino en las heridas, y se las vendó" (Lc 10, 34).  En nuestra tradición española, también los bálsamos serían

               apreciados por sus virtudes sanatorias; y así en el Quijote aparece muy laudatoriamente mencionado el "bálsamo de

               Fierabrás". Por extensión, el aceite como condimento o para freír es un elemento precioso en cualquier despensa; y no

               digamos nada del vino para acompañar cualquier sabroso bocado.  El vino, además, al ser consagrado en la Eucaristía

               cristiana, puede merecer notoriamente el calificativo de "divino".

 

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A cada pajarillo le llega su veranillo.
Por "veranillo" se entiende ese tiempo de otoño en que aún se siente como un rescoldo de calorcito veraniego.  Cuando el clima tiende a enfriarse, el veranillo debe de ser un alivio para muchos pájaros.

 

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A camino largo, paso corto
Conviene administrar bien las propias fuerzas.
 

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Acá tropezando y allá cayendo, vamos viviendo.
Más importante que no tropezar ni caer es saber levantarse, aprender de los errores y, sobre todo, amar la vida.

 

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A amistades que son ciertas, siempre las puertas abiertas

 

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A borrica arrodillada, no doblarle la carga

 

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Abrazos y besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas

           Vísperas es una de las horas canónicas del rezo eclesiástico, previa a las "Completas", y puede anunciarse en los

               monasterios mediante  un toque de campanas.  Abrazos y besos son la antesala -incompleta- de un posible acto

               "completo" de procreación -expresado popularmente como "hacer chiquillos"-.  De una manera festiva se alude a

               comportamientos humanos bien conocidos.

 

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Abriga la nieve al trigo, como la madre a su hijo

 

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Abril lluvioso y mayo ventoso hacen el año florido y hermoso

 

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A buena hambre no hay pan duro, ni falta salsa a ninguno

 

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A buen camino, buen andar

 

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¡Acabóse el mundo, pues faltó de él don Facundo!

                                                                            

 


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