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Refranero español
(Comentarios
realizados por Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala. Universidad de Sevilla) |
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Antes
cogen -o pillan- al mentiroso que al cojo.
Sin duda la versión entre
guiones (-o pillan-) se da para remediar la posible cacofonía "cogen
al cojo"; a la par que el verbo "pillar" suena más familiar e
intuitivo. El refrán se refiere a la práctica imposibilidad de
mantener una situación de mentira, pues la verdad siempre se abre paso
por indicios, o porque las pruebas se hacen evidentes, o porque la
misma psicología del mentiroso acaba traicionándole. Es una actitud
sana caminar en la verdad y, aparte de ello, nos hace respirar a fondo
con energía, para así gozar más de cada momento que la vida nos
brinda.
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A noche
oscura, linterna clara.
Es curiosa la disposición de
este refrán, que da como resultado un prodigio de brevedad expresiva.
Consta de dos frases de cinco sílabas cada una, sin rima. El ritmo
viene dado por la equivalencia de sílabas en ambas frases, y por la
hábil oposición de contrarios: noche-linterna / oscura-clara. No es
casualidad que las realidades más "luminosas" -por decirlo de algún
modo- aparezcan en la segunda parte, cerrando el refrán, dando así un
aire optimista al conjunto. Quiere decir que cualesquiera que sean las
dificultades que se nos interpongan en la vida, debe ser más fuerte
nuestra voluntad de vencerlas, aportando el conveniente medio de que
dispongamos. Recuerdo que uno de mis bien recordados educadores me
decía, medio en latín, medio en castellano: "No lo dudes: medio ad
finem" (=usar el medio necesario para conseguir un fin). El límite a
esta sentencia está en no hacer daño a los demás, ni a nosotros
mismos. Otro refrán, totalmente latino, reza así :"Homines sunt
voluntates" (=las personas valen lo que vale la voluntad de cada una
de ellas). Y en el sentido de evitar daños, tenemos este otro
proverbio: "Antes que armas tomar, todo se ha de intentar".
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A ningún
cojo se le olvidan las muletas.
Es más fácil el olvido de un
encargo que nos hacen sobre la marcha que el posible olvido de alguna
obligación contraída, aunque también ésta se nos puede olvidar, a
veces con malas consecuencias. Lo importante es dar a cada cosa el
valor que tiene, y archivarla como tal en nuestra agenda mental. Para
un cojo las muletas suponen su movilidad para caminar y trasladarse de
un sitio a otro, que es algo vital, normalmente. Por eso no olvidará
las muletas. Es más fácil que se nos olviden unas gafas de sol que
unas gafas graduadas que necesitamos para ver. Establecer una
jerarquía de la importancia de cuanto tenemos pendiente es una forma
de que cada actividad ocupe su lugar, y no dejemos caer fácilmente en
el olvido aquello que es más importante, o que más nos obliga.
Conviene pensar no sólo en la materialidad del quehacer que nos
espera, sino también en las relaciones humanas implicadas en todo
ello. Así, aparte de ser ordenados, seremos también amables.
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Ánimo
apasionado, desacertado.
Aunque hay que poner cierta
pasión en nuestras actividades, pues de lo contrario resultarían
mustias y desganadas, debemos vigilar para que la pasión no nos ciegue
y llegue a desequilibrar nuestro control. Poner voluntad y corazón en
lo que hacemos, es importante; pero creer que tenemos el monopolio de
la verdad y del acierto sería sin duda catastrófico. Debemos conocer
los límites de nuestras posibilidades, y en ese ámbito trabajar con
confianza. El refranero completa unos consejos con otros, y en este
caso se nos viene a la mano el siguiente dicho proverbial: "Ándate a
lo que sabes, y pasarás la vida suave".
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Andando
se quita el frío.
Andar es el deporte más
elemental, y está al alcance de casi todo el mundo. -Los que no puedan
hacerlo sabrán, sin duda, aplicar el refrán a otras actividades que
pueden desarrollar.- Es importante el ejercicio físico; y
especialmente en invierno, una buena caminata resulta ser un estupendo
antídoto contra el frío, aparte de que es una actividad barata y -en
ocasiones- puede incluso ahorrarnos un billete de autobús. Nuestros
músculos y articulaciones necesitan ese lubricante que se llama "buen
espíritu", el cual se fomenta de muchas maneras; entre ellas, andando.
Casi me dan ganas de inventar un refrán paralelo para el verano:
"Nadando se quita el calor" (y de paso -añadiríamos- se hace uno de
los ejercicios más completos, como es la natación). Recuerdo, a
propósito de todo esto, dos dichos a modo de refranes
bienintencionados que me dieron los médicos a raíz de una operación
quirúrgica. El primero reza así "Poca cama, poco plato, y mucho
zapato." Y el segundo: "Mucha suela y poca cazuela".
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Andando,
andando, vuelven los tiempos de antaño.
Las grandes fiestas, como
Navidad, Año Nuevo, Semana Santa... son especialmente ocasiones de
retorno a los "tiempos de antaño", incluso a nuestro pasado, cuando
éramos niños y la vida se organizaba de otra forma. Vuelve asimismo el
recuerdo de los seres queridos que entonces nos acompañaban, y ahora
en cierto modo nos acompañan espiritualmente, dándonos confianza,
valentía y amor, con su presencia cálida en nuestra memoria. Pero ni
siquiera hay que recurrir a las grandes fiestas; pues en nuestros
nietos podemos advertir cualquier día rasgos de sus abuelos o de sus
bisabuelos, en el hombre o la mujer que piden en la puerta de la
iglesia vemos otros que recordamos de cuando íbamos con nuestros
padres a Misa, en las canciones que oímos nos resuenan dejos de
algunas que atesoramos en nuestra memoria... Nada hay nuevo bajo el
sol..., ni bajo la luna (podríamos añadir). Y en la luna de Año Nuevo
brillan destellos del Año Viejo, que también pueden ser entrañables.
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Amor sin
dolor no es verdadero amor.
El amor no alcanza su madurez
hasta que no supera la prueba del fuego, es decir: compartir los
momentos duros, hacer nuestras las penas de la persona amada, tener
corazón para querernos a pesar de nuestras deficiencias e incluso
defectos... Es fácil estar a buenas cuando las circunstancias nos
sonríen, pero no lo es tanto cuando vemos cerrarse nuestro horizonte,
y el futuro parece ensombrecerse. Entonces es el momento de confiar el
uno en el otro, dialogar con sinceridad y delicadeza..., en suma: es
el momento de demostrar nuestro verdadero amor. Es también una ocasión
de oro para hacer crecer esa valiosa realidad espiritual que nos une,
llamada -sin más- amor.
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Amor
nunca dice "basta".
Es un refrán tan breve como
expresivo. Hay un refrán análogo, para otro orden de cosas: "El saber
no ocupa lugar", con lo cual se significa que toda la vida puede uno
pasarla aprendiendo cosas nuevas. El punto de analogía está en que el
amor, incluso si va dirigido a una sola persona, siempre es
susceptible de aumento: se puede querer más y más, y no existen
límites. Cuanto más será esto cierto, si el amor se expande a la
familia, las amistades, los compañeros... Y yo añadiría algo: un amor
en crecimiento es lo que más dignifica y enriquece a cualquier
persona.
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Amor
grande, amor de madre.
Creo que muchos nos apuntaríamos
al dicho -un tanto infantil- "En el reparto de madres, a mí me tocó la
mejor". Las madres manifiestan su amor a los hijos de mil maneras a lo
largo del día, a lo largo de meses y años. Haber tenido a una criatura
en su vientre, y luego verla crecer, desde luego imprime carácter.
Podemos tener amistades, relaciones con personas, amor entre esposos o
en vida de pareja, muy buenos recuerdos de muy buena gente... Nada de
eso oscurece ni merma el amor de una madre, y el precioso recuerdo de
ella cuando nos falta. Ahora, eso sí: nada se da gratuitamente, ni por
el solo hecho de ser madre. Hablando de amor, hay que poner corazón,
alma y los cinco sentidos. Dicho de otro modo: también las madres
tienen que ganárselo. Seguro que saben el camino.
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Amor con
amor se paga; lo demás son vanas palabras.
El amor tiene muchas
manifestaciones: el amor a los padres, a los hijos, a los hermanos, a
la pareja... Y el denominador común, para que sea verdadero amor, es
que sea desinteresado y se centre en la persona querida, sin pretender
sacar nada a cambio. "El amor se ha de poner más en las obras que en
las palabras", nos avisaba con sabiduría San Ignacio de Loyola. Y, en
esa línea, recuerdo unos versos de José María Pemán: "No hay obra que
valga nada / si no es del amor reflejo." El amor es lo que de verdad
nos enriquece, pues es amando como nos hacemos más amables. El amor se
sublima en la correspondencia a ese amor, si bien ésta nunca se puede
forzar.
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Amigo
leal y franco, mirlo blanco.
Este refrán es un modelo de brevedad y
expresividad; ni siquiera usa el verbo copulativo "es" para unir sus
dos frases. Estas riman en consonante -la rima más completa, según los
tratadistas-, y consisten respectivamente en un octosílabo y un
tetrasílabo (este último actúa como pie quebrado de cierre, y da
sonoridad a todo el conjunto, que resulta así muy rotundo y agradable
de oír). Su contenido exalta la rareza -y consecuentemente, la
grandeza, de la verdadera amistad-. Creo que es una experiencia
universal que los buenos amigos son siempre escasos: "rara avis",
diríamos mediante el conocido latinismo. Hay refranes que abundan en
la idea, por el efecto contrario -es decir: proclamando lo interesado
de muchas supuestas amistades-; y como muestra citaré dos de ellos:
"Amigo, no de mí, sino de mi trigo." ""Amigo, de lejos te traje un
higo; pero así que te vi me lo comí." La inventiva popular no tiene
límites en esto de tipificar situaciones humanas de cada día.
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Amasando
se hace el pan.
Recuerdo que cuando era niño mis
padres nos llevaron -a mis hermanos y a mí- a la tahona de un
pueblecito andaluz, donde se veía amasar, moldear, y luego cocer, la
masa del pan. Allí mismo comprábamos el pan que necesitábamos,
caliente, apetitoso, y más blanco y limpio que el de la capital. La
visita a la tahona y la contemplación de su actividad nos hacía
apreciar más el pan de que disfrutábamos en las comidas o en la
merienda. En aquel alimento estaba el esfuerzo de las manos artesanas
de unos panaderos y panaderas, personas humildes y sencillas. No hay
un producto satisfactorio que no porte en su entraña cierto trabajo
humano. Igualmente es cierto que nunca conseguiremos un resultado
satisfactorio en nuestra actividad, profesional o no, sin poner los
medios, el tiempo y el esfuerzo. Y esa actividad nuestra, a su vez,
puede redundar en beneficio de otros. La cadena del trabajo puede
hermanarnos; basta que reflexionemos un poco sobre su alcance.
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A mal
tiempo, buen aliento.
Es uno de los refranes más
breves, consistente en un pareado tetrasilábico con rima asonante.
Cumple, pues, con creces uno de los requisitos básicos de los
refranes, a saber: que todo refrán debe tener una forma fácil de
memorizar. Su contenido es una buena lección de ánimo, especialmente
cuando las circunstancias no ayudan precisamente a cumplir nuestros
cometidos. El tesón en sobreponerse a la adversidad debe ser más
fuerte y perseverante que la adversidad misma. Existen otras
variantes, como el muy conocido proverbio "A mal tiempo, buena cara";
y el dicho latino "Per aspera ad astra", también muy sonoro para el
oído, y que puede interpretarse al sentido: "Conquistar las estrellas,
por muy dura que sea la ruta a seguir".
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A malos
ojos no hay cosa buena.
En los mensajes que nos llegan
del exterior, hay indudablemente un estímulo que nos viene de fuera,
pero también hay un filtro que mediatiza nuestro modo de ver las
cosas: nuestra propia subjetividad, nuestro enfoque de la vida.
Recuerdo un amigo que, para enfatizar lo que iba a comunicar a
continuación, no decía "con toda objetividad...", sino "con toda
subjetividad te diré que...". Es casi imposible liberarnos de nuestra
subjetividad; de donde se sigue que es una labor necesaria educar esa
subjetividad nuestra para que no desfigure la realidad según en cada
caso nos apetezca verla. De ahí que el pesimista redomado que todo lo
ve mal, no va a percibir en su entorno nada positivo, nada que le
levante el ánimo. No sólo se empobrece espiritualmente, sino que a
menudo causa problemas entre las personas que lo rodean. Debe poner de
su parte y contar con la ayuda de alguien de su confianza, para
ejercitarse en aprender a mirar sin prejuicios.
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A mala
cabeza, buenos pies.
Si se nos olvida una cosa
importante -el móvil, la agenda, la llave del coche, el bonobús, la
lista de compra...- habrá que volver a recogerla. La mala memoria ha
de tener su contrapartida en buena disposición para el ejercicio
físico. También se dice "Quien no tiene cabeza, tiene pies", "A mala
memoria, buenos pies". El hecho mismo de que haya unas cuantas
variantes del refrán, indica que el olvido de cosas elementales es muy
humano. Como debilidad humana, aceptémosla, y no nos enfademos cuando
caemos en ella: simplemente quiere decir que es hora de andar un
poquito más, lo cual a su vez es saludable.
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Allá van
los ojos adonde está el corazón.
Por la interioridad que
describe, este refrán resulta entrañable. Es significativo incluso que
el adverbio "adonde", dinámico, indicador de dirección, sustituye a un
posible "donde": "Allá van los ojos donde está el corazón", que sería
una formulación también aceptable, aunque más estática e imprecisa.
"Adonde" señala un destino, seguramente la persona amada. Por ello el
refrán me parece enunciar un canto al amor, sencillo y directo.
Pensemos que el amor es un elemento espiritual, a menudo -y por
desgracia- olvidado en las relaciones interpersonales. Es muy
psicológico el rasgo de que se nos escapan los ojos en busca de
alguien a quien de veras queremos
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Ama a
quien te ama, y responde a quien te llama.
Dado que hay muchas formas de
amor, parece propio de un corazón muy frío no corresponder de alguna
manera a quien nos muestra amor. Siempre habrá una respuesta que
podamos dar al amor que se nos presenta, aunque no sea
comprometiéndonos vitalmente en principio. Sin duda será el trato el
que nos lleve a más intimidad, o bien a calibrar hasta dónde podemos
llegar. En cualquier caso, aquí se nos habla del amor como una
respuesta que siempre -a través del afecto y la delicadeza- podremos
dar a quien nos ofrezca verdadero amor
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Ama de
buen grado, si quieres ser amado.
En este proverbio, que a su
vez aborda el tema de la correspondencia en el amor, hay un enfoque de
iniciativa que ha de ser tomada por alguien -el destinatario del
refrán- en un intercambio de amor. Es una invitación a adelantarnos en
amar, frente a la actitud pasiva y algo "de vuelta", típica del
derrotista que dice "a mí nadie me quiere". Viene aquí a propósito el
dicho espiritual de San Juan de la Cruz: "Donde no hay amor, pon amor
y sacarás amor"
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Al
triste, la miel se le vuelve acíbar.
Este refrán no censura a
quien está ocasionalmente triste por alguna circunstancia adversa,
sino a quien "es" triste por naturaleza, o -dicho de otro modo- al
pesimista congénito, que tiende a verlo todo negro. Incluso la miel le
sabrá amarga, pero -obviamente- la amargura brotará de él, no de la
miel. Bien le vendrá una cura psíquica, bajo la dirección de alguien
experimentado. El refranero también contempla la antítesis de lo aquí
presentado, al decirnos:
Al varón
fuerte, ni el tiempo ni la muerte (pueden con él).El
paréntesis es un añadido del mismo refranero, para mayor claridad;
aunque seguramente tiene más energía el mensaje sin ese añadido.
Hacerse fuerte ante la adversidad es un mérito, y ojalá se nos
convierta en un estilo de vida. Si queremos "calidad de vida" -término
muy usado ahora-, un ingrediente importante es la fortaleza de ánimo
para procurarla y para mantenerla.
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Al "toma"
todo el mundo asoma; y al "daca", todo el mundo escapa.
Puede considerarse que este refrán
consta de cuatro versitos, según la pauta 3A / 6A // 3B / 6B. La rima
es consonante entre los dos primeros versos, y asonante entre los dos
últimos. Aparece una palabra antigua, "daca", conocida por la frase
"toma y daca" -equivalente a "toma y dame"- proveniente de "da acá"
(como si dijera: dame a mí, que estoy aquí). Es fácil entender que
mediante este refrán se está criticando a las personas prestas a
recibir y reacias a dar; dicho de otro modo: se censura la tacañería y
el egoísmo frente a la generosidad de dar. El ser humano tiene sus
puntos débiles, y con frecuencia advertimos que éste es uno de ellos.
La superación es posible y, cuando se da, saca a flote la nobleza del
espíritu humano. En los Hechos de los Apóstoles, del Nuevo Testamento,
se nos refiere que los primeros cristianos destacaban por su
generosidad hacia el prójimo, y encontraban más felicidad en dar que
en recibir.
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Al son que me tocan bailo
Es un refrán breve, octosilábico
y sonoro; y formulado en primera persona, lo cual colabora a que
nos transmita un tono de cercanía, pues de algún modo nos implica
en su protagonismo. El significado es ambivalente, a mi modo de
ver: como las monedas, tiene anverso y reverso: su cara y su cruz.
En la cara, o mensaje positivo, transmite una invitación a que
seamos flexibles y adaptables al ritmo de la vida, ya que así nos
enriqueceremos y disfrutaremos más de todo. Es lo que los romanos
decían desde antiguo con el proverbio latino "Dum Romae fueris,
romano vivito more" -Mientras estés en Roma, vive de acuerdo con
las costumbres romanas-. En la cruz, o mensaje negativo, nos
aporta una crítica irónica a la falta de personalidad, por la que
podemos dejarnos arrastrar como peleles, a merced de los estímulos
exteriores. En resumen: es bueno adaptarnos a las situaciones,
pero sin dejar de ser nosotros mismos.
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Al pan, pan; y al
vino, vino
Es uno
de los refranes más conocidos del español, hasta el punto de que casi
todo el mundo lo sabe de memoria. Valiéndose de la comida y la bebida
más populares en nuestra cultura mediterránea, como son el pan y el
vino (con resonancias incluso religiosas en los Evangelios y en la
Liturgia cristiana), nuestro proverbio nos invita a la llaneza y
sinceridad en el hablar, huyendo de la afectación y los deslices
semánticos. Claridad, y poner el alma en la palabra -diríamos
resumiendo-. Con base en este refrán existe uno paródico, como una
censura de los mensajes tergiversados por malicia o ignorancia: "Al
pan, vino; y al vino, pan" -denunciando así que no siempre la gente es
veraz-. Asimismo hay refranes afines al que hoy comentamos, y que
abundan en la idea de la popularidad del pan y el vino: "Pan y vino
andan camino"; o -más explícitamente-: "Con pan y vino bien se anda el
camino".
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Al pajarillo, la lengua le es cuchillo.
Es un refrán de los más breves,
con dos frases de 5 / 7 sílabas respectivamente, y rima consonante.
Trae el añadido siguiente: ("Pues su canto lo delata al cazador"). Más
conocido es otro refrán, de significado algo diferente, pero bastante
análogo: "Por la boca muere el pez". Tal vez el énfasis del primer
refrán está en el contraste entre la alegría del pajarito que está
cantando en plena naturaleza, y la fatalidad de que ese canto es
precisamente lo que se vuelve contra él, poniendo en peligro su vida;
pues, como afirma otro refrán, "Pájaro que vuela, a la cazuela". El
refrán sobre el pez tiene otro escenario: un pez pica confiado en el
cebo, pues tiene hambre, y esa misma boca hambrienta es la que va a
propiciar su captura, al quedar enganchada en el anzuelo. Ambos
refranes tienen en común su advertencia frente al deseo de aparentar,
lucir nuestras habilidades o supuestos méritos, y dejarnos ir de la
lengua ante personas que no merecen nuestra confianza. Ojo, pues
cuanto digamos en ese sentido y contexto puede volverse en contra
nuestra.
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A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos. (Dicen las
mujeres)
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Debo aclarar que el
añadido que va entre paréntesis no es de mi cosecha, sino que aparece
con el refrán. Opino que aquí el refranero
trata de internarse en el
enrevesado mundo de la sensibilidad femenina. Aconseja no mostrar un
amor meloso o abundante en frases
que expresen "te quiero", sino
más bien poner el amor en la manera de enfocar la vida cotidiana,
siguiendo el antiguo dicho de que el
amor se ha de poner más en
las obras que en las palabras. Parece que la mujer teme el posible
engreimiento del hombre si éste se v
e muy bien querido, y así -mediante
cierta moderación en expresar los afectos- se le puede tener un poco a
raya. Dentro de este
mundo tan paradójico, cobran
sentido expresiones aparentemente contradictorias, como ésta, traída
de otro refrán: "Al revés te lo
digo, para que me entiendas."
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A lo hecho, pecho.
Tal vez sea uno de los refranes
más conocidos del español; casi podría decirse que forma parte de
nuestro acervo lingüístico. Su brevedad, y sus dos palabras más
importantes unidas por la rima, ayudan a la memorización fácil. Su
lección es incontrovertible: "el pasado no tiene vuelta", "la historia
nunca se escribe al revés"... son frases bastante sabidas que apuntan
a lo mismo. Hay que aceptar el pasado y sus consecuencias, y a partir
de ahí sacar lo mejor en experiencia y posibilidades para ir labrando
el futuro. Hay otros refranes afines, de los que citaré uno en tono
algo derrotista dentro de su realismo, y otro más optimista. El
primero reza así: "A lo que no puede ser los hombros encoger". Y el
segundo: "Al osado, la fortuna le da la mano". El punto de equilibrio
entre ambas actitudes -realismo y esperanza- es difícil, paro hay que
encontrarlo.
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Quien se viste de ruin paño, dos veces se viste al
año.
Este refrán es un aviso al
excesivo ahorrador, que siempre compra lo más barato. Se suele decir
también "lo barato es caro", pues lo barato pronto hay que reponerlo,
haciendo así un nuevo gasto. Contra ese afán desmesurado por comprar
barato, el refranero avisa también de este modo: "Al miserable y al
pobre, todo les cuesta doble". Y esto no se dice con desprecio hacia
nadie por ser pobre; se trata más bien de una miseria moral y de
cierta avaricia de espíritu convertida en manía: la de un falso
ahorro.
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Almendro, te tiran piedras, porque tienes almendras.
En la edición de Rodríguez Marín
de la que tomo este refrán, se añade una aclaración: "Alude a
envidiados y envidiosos". No está mal tenerla en cuenta, porque a
primera vista parece contradictorio que un apedreamiento se deba a las
buenas cualidades de algo, como en este caso son las del almendro, que
está cumpliendo su cometido de dar una lucida cosecha de almendras.
¿Por esto lo apedrean? Más bien para que suelte esas ricas almendras.
Muchas veces vemos que personas que destacan por sus buenas cualidades
-humanas, científicas o profesionales en general- son criticadas
porque esos valores positivos hieren susceptibilidades de otros u
otras que están a su alrededor. Lamentablemente, son las envidias o
los innobles celillos los que mueven dichos comentarios. Las palabras
entonces se convierten en proyectiles que acribillan. Como la
naturaleza humana comporta rasgos comunes a personas de muchas
culturas y etnias, se me viene a la cabeza un refrán japonés muy
célebre "Deru kugi wa utareru", que quiere decir: "Al clavo que
destaca lo remachan". Es curioso, porque precisamente por destacar se
lleva los golpes.
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Al indiscreto no fíes tu secreto.
Es un refrán breve, que consta
de 5 + 7 sílabas con rima interna consonante. A pesar del respeto que
nos merece todo ser humano, es evidente que nos podemos topar con
personas "indiscretas", las cuales no merecen nuestro insulto en
ningún caso, pero tampoco nuestra confianza. Es una medida de
prudencia saber calibrar a quién podemos confiar nuestros "secretos",
y a quién no. El refranero en esto es muy drástico, y a veces va más
allá: "Secreto seguro es el que no has dicho a ninguno". Y en lo que
respecta al trato humano, da un consejo que suena muy fuerte: "Al
hombre mal encarado, dale de lado". Parece ser un realismo necesario
para, ante todo, evitar enfrentamientos y situaciones desagradables.
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Al hombre fiel todos le quieren bien.
Este breve refrán presenta una
composición muy eufónica de 5 / 7 sílabas y rima asonante, con final
en sílaba aguda. Una pequeña maravilla de la métrica, grata al oído y
fácil de recordar -como es uno de los cometidos de los refranes-. Su
contenido es tan antiguo como la civilización humana, dondequiera que
ésta se encuentre. Ya en el Antiguo Testamento encontramos "Vir
fidelis multum laudabitur" (El hombre fiel será muy alabado), en el
Libro de los Proverbios. Es de suponer que tan bella enseñanza seguirá
siendo verdad, a pesar de que no estén muy de moda hoy día los
conceptos de "fidelidad" y de "sacrificio" (éste último, muy valioso
en multitud de ocasiones para mantener la fidelidad). De nosotros,
personas del siglo XXI, depende que un mensaje como el aquí comentado
conserve viva su vigencia.
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Al hombre en el hablar, y a la campana en el sonar
(se les conoce).
El refrán consta de un par de
frases rimadas, la primera de siete sílabas métricas y la segunda de
nueve, y el conjunto es eufónico; la parte que va entre paréntesis es
un añadido para la mejor comprensión del proverbio. Si una campana
está cascada, al sonar se advertirá que tiene una grieta. Si está
entera, aunque sea vieja sonará bien. Paralelamente, nuestros defectos
y virtudes de alguna manera afloran a nuestra manera de expresarnos:
si somos amables o más bien secos; si tenemos prisa o no; si nos
importa nuestro interlocutor o queremos despacharlo pronto; si estamos
abiertos a escuchar, o acaso cerrados a ello; si ya lo sabemos todo, o
nos gustaría aprender algo más a través de lo que nos dicen... etc.
Buena cosa sería que en cualquier conversación procurásemos cultivar
más la atención a quien nos dirige la palabra y a lo que quiere
decirnos. Esto nos hará más humanos seguramente; y no está reñido con
aplicar el discernimiento a lo que oigamos, apreciando siempre como
persona a quien nos habla.
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Al hijo se quiere desde que se siente (dicho por las
madres).
Creo que sólo la experiencia de
ser madre puede avalar este refrán, por lo que los varones debemos
conformarnos con afirmar que debe de ser verdad. Sin duda será una
experiencia alucinante descubrir que, dentro mismo de la mujer, se
alberga una nueva vida, con toda la esperanza que puede traer consigo.
Todo será poco para que esa vida incipiente -¿niño? ¿niña?- se
desarrolle en el mejor ambiente que podamos proporcionarle. Las madres
tienen la palabra; y deben contar con el apoyo de la familia, de la
pareja, y de cuantas buenas personas se encuentren a su alrededor. Por
la vida que quiere nacer, y se anuncia ya como un mensaje de amor.
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Al hierro caliente, batir de repente.
Aunque se suele decir que no se
debe reaccionar ante las situaciones difíciles en caliente, sino más
bien esperar a que se serenen las cosas, el refrán alude a otro tema:
aprovechar las ocasiones cuando se presentan, ya que más tarde puede
ser todo inútil todo esfuerzo. En este sentido, hace falta
clarividencia y decisión ante las buenas oportunidades, para no
perderlas.
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Hay otra variante del mismo refrán:
Al hierro, en caliente; porque en frío, "trabajo perdío".
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Esta variante recurre a una
forma coloquial del participio -"perdío"- para facilitar la rima.
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Algunas veces dice el diablo la verdad.
Al diablo se le suele llamar en
la Biblia "padre de la mentira", y algo de eso debe de haber; pues su
misión es embaucarnos para que nos desviemos de nuestra misión en la
vida.
Pero también afirma un refrán que "más sabe el diablo por viejo que
por diablo"; es decir, que su experiencia es larga y sabe de qué pie
cojeamos. Si "sabe" y no se equivoca, quiere decir que nos conoce con
bastante verosimilitud, y nos tienta buscándonos las vueltas, tratando
de halagar y satisfacer a nuestro "ego"; algo verdadero nos dirá
también entonces, para ser creíble. No estará, pues, de más, una
llamada a la prudencia para que, así como él nos conoce, lo vayamos
conociendo y no caigamos en sus redes. Pero -¡ojo!- suele disfrazarse
de mil circunstancias para cogernos desprevenidos.
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Algo es algo; dijo al ver el hueso el galgo.
Procurando acercarme a la
psicología perruna, pienso que un hueso debe de ser todo un tesoro
para un perro. Tratándose de un galgo, perro corredor y cazador,
supongo que éste preferiría que el hueso en cuestión llevara adherida
carne para poder desgarrarla con sus dientes, e ingerirla mientras roe
el hueso. Tal vez el refrán nos está poniendo por delante un galgo
excesivamente exigente, que echa de menos un mejor lote. En cualquier
caso, el noble animal, a quien hay que reconocerle su franqueza,
parece que manifiesta un cierto agradecimiento ante su comida. No
siempre se consigue lo que sería ideal en una situación dada, pero es
un rasgo de espíritu sano reconocer lo que se nos da, y agradecerlo.
Ya vendrán mejores ocasiones. Otra variante del refrán, quizá
conformista en exceso, es la que reza así: "Algo es algo, menos es
nada".
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Algo debe de querer quien te hace fiestas que no te
suele hacer.
¿Cuántas veces nos hemos quejado
de que no se nos reconocen debidamente nuestros méritos? Y
cuando por alguna circunstancia se reconoce nuestro trabajo, nos
enorgullecemos sanamente, y crece nuestra autoestima. Todo esto
es muy humano, y puede servirnos para nuestro crecimiento interior.
Nos gustan las felicitaciones de los amigos, pero lo sospechoso es
cuando vemos a alguien, conocido o no, que nos festeja de un modo
inusitado; pues nos entra la sospecha de que posiblemente nos esté
halagando para conseguir algún provecho propio. Así pues, aun en los
momentos de euforia, procuremos que no nos ciegue el orgullo ni nos
ensordezcan los halagos. Mantengamos la cabeza lúcida para
distinguir el oro de la escoria.
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Al galgo más lebrero se le va la liebre en enero.
La palabra "lebrero" viene de
del latín "leporarius", siendo este término un adjetivo derivado de "lepus,
-oris", que significa "liebre". Así pues, "lebrero" quiere decir
"relativo a la liebre"; y tratándose de un galgo, hablamos de un galgo
dedicado a cazar liebres. Pues bien: incluso a un galgo
especializado en dicho menester se le escapa de vez en cuando alguna
liebre. Si se añade "en enero" puede ser aludiendo a que, por el frío
propio de primeros de año, el perro de caza se encuentre más
entumecido y menos entrenado. La idea es antigua, pues ya se decía
-en latín- de Homero que "Aliquando etiam dormitat Homerus", a saber:
"Alguna vez también duerme Homero"; indicando que el gran poeta épico
griego también pudo producir algún verso más o menos cojo. El refrán
nos exhorta a no ser excesivos en nuestra búsqueda de perfección.
Permitámonos algun fallito y no nos desanimemos por él. Nos puede
servir de experiencia. Incluso los especialistas fallan alguna vez
que otra en lo suyo.
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Al espantado, la sombra le basta.
Se entiende "para espantarle aún
más". Hay una variante, que dice: "Al espantado, su sombra
le basta". Esta segunda formulación concentra la raíz del temor en la
propia sombra del sujeto espantado. Según la primera fórmula,
cualquier sombra circundante le basta para acrecentar su pavor. En
cualquier caso, se refiere a las aprensiones enfermizas que asedian al
ser humano, sin más razón de ser que un espíritu apocado que tiende a
magnificarlas. El refrán, dentro de su observación realista, es
también una invitación indirecta a sacudir lejos de nosotros las
aprensiones infundadas. Con una sana reacción de nuestro espíritu
entero, debemos hacer hincapié en los valores positivos de que
disponemos. Seguro que con ellos podemos hacer frente a esas
"sombras" fantasmas.
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Al embarcar, el primero; al desembarcar,
el postrero.
En cuanto a su forma, este
refrán se acerca a un pareado octosilábico con rima consonante. Digo
que "se acerca" porque el supuesto segundo verso tiene nueve sílabas
en vez de ocho -aunque dicha irregularidad puede remediarse por
"compensación" (es decir, eliminando del cómputo la sílaba inicial del
segundo verso por su unión vocálica con la sílaba final del primero,
como haciendo una sinalefa entre ambos versos, al recitarlos) . La
rima, que aparte de ser eufónica es mnemotécnica (para ayudar al
recuerdo), ha motivado la elección de la palabra el "postrero" por el
"último". Su mensaje es como una lección de actividad bien
encaminada. "Al embarcar, el primero", nos indica el refrán; como
diciendo: dando ejemplo, con decisión y -una vez asumida la decisión-
sin arredarse ante las posibles contrariedades. "Al desembarcar, el
postrero": tal como se dice del capitán de un barco, que debe ser
el último en abandonarlo; es decir: con cortesía hacia los compañeros
de travesía, y sin escurrir el hombro ante la propia responsabilidad
de haber liderado el embarque. Las aplicaciones de este sencillo
refrán son innumerables.
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Alegrías y pesares te vendrán sin que los buscares.
El refrán presenta una pátina de
antigüedad en ese futuro de subjuntivo "buscares", ya en desuso en el
lenguaje coloquial; pero plenamente inteligible, e incluso común en
este tipo de mensajes proverbiales. Dicha forma verbal asegura una
rima interna (pesares / buscares), de clara función mnemotécnica. El
contenido versa obviamente sobre los altibajos y claroscuros de la
vida, muchos de ellos imprevisibles. La previsión del futuro es uno
de los grandes motores de la actividad humana; pero siempre hay un
tanto por ciento de incógnita que queda al azar -o, dicho en clave
creyente, a la providencia divina-. Por ello es algo muy precioso
saber valorar el presente y disfrutarlo; trabajar por el porvenir, y
mantener una abierta esperanza respecto a lo que nos pueda deparar
el futuro.
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Alegría es del bueno ver a otro riendo, y del malo,
ver a otro llorando.
Según dicen -y es opinión que
juzgo acertada- tiene más mérito alegrarse con las circunstancias
buenas de los demás que entristecerse con sus desventuras. La razón
estriba en que es muy humano compadecerse de quien lo pasa mal, y
parece que el camino para este tipo de solidaridad resulta muy
expedito. En cambio, alegrarse con las circunstancias favorables de
otro supone un notable desprendimiento y la superación de cualquier
posible envidia. Por eso la alegría "del bueno" referida en el
refrán, ciertamente es síntoma de buen y noble corazón; y si se trata
de amigos, es la piedra de toque de la verdadera amistad. Lo que se
estigmatiza como desnaturalizado es alegrarse uno por ver a otro
llorando, y verdaderamente tal tipo de conducta no tiene nombre, pues
supone decaer de los valores humanos más elementales. Otra cosa es la
rivalidad sanamente deportiva: uno se alegra por el triunfo de su
equipo, que implica la derrota del contrario. Pero
es degradante alegrarse por ese infortunio del contrario.
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Al cazador, leña; y al leñador, caza.
Este refrán lleva una breve
coletilla explicatoria en la fuente bibliográfica de donde lo he
tomado (Francisco Rodríguez Marín: "Más de 21.000 refranes
castellanos"), que dice así, refiriéndose al cazador y al
leñador: "les depara la suerte lo que no buscan." Ciertamente la
suerte puede ser versátil como una veleta, y regalarnos con sus
caprichos. Pero mientras se trate de regalos, bienvenidos sean. Al
cazador puede venirle bien la leña para hacer una fogata y calentarse
al caer la tarde. Y la caza, gracias a alguna trampilla o cepo que el
leñador haya puesto sin mucha fe, puede servirle para llenar la olla.
La suerte es ambivalente: solemos desear buena suerte -o simplemente
suerte- a las personas que conocemos, y en ese deseo amigable está
implícita la idea de que también existe la mala suerte, que de ningún
modo deseamos. Por eso, cuando nos alcance una porción al menos de
buena suerte, sepamos acogerla con agradecimiento.
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Alcanza quien no se cansa.
No llega a ser un verso, pero sí
es una frase con rima interna (-canza/ cansa); y dicha rima tiene la
obvia función de destacar y conectar entre sí las palabras principales
del mensaje. Éste es muy sintético y escueto en su expresión, pues ni
siquiera nos dice qué es lo que se alcanza. También eso mismo es un
juego muy acorde con el lenguaje de los refranes y su proverbial
concisión, y va orientado a que el lector ponga el complemento directo
(del verbo transitivo "alcanzar") que más le cuadre en su contexto
vital: lo mismo puede ser el coronar una dieta de adelgazamiento, que
dar fin a una tesis doctoral, que aprender una lengua extranjera...
Mientras más difícil sea el objetivo, mayor colaboración de constancia
en el esfuerzo se nos pide. Hay asimismo un refrán latino que abunda
en esta idea: "Per aspera ad astra", que quiere decir: "Alcanzar las
alturas (a la letra, "las estrellas"), por muy áspero y desabrido que
sea el camino de subida". Lo importante es tomar ese camino
deportivamente y no desfallecer en el empeño. Aunque es humano
cansarse, nunca debemos llegar a tal punto de agotamiento que nos
lleve al abandono de la empresa, supuesto que ésta merezca la pena.
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Al árbol que te da sombra, para bien lo nombra.
Lo primero que convendría
advertir es que la frase -algo anticuada- "para bien lo nombra" debe
tomarse como imperativo "nómbralo para bien", es decir: habla de él
laudatoriamente. Hay una versión latina de este refrán, que reza así
"Arbor honorificetur cuius nos umbra tuetur", que equivale a decir
"Hónrese (con palabras) el árbol
cuya sombra nos protege". En resumidas cuentas, es una invitación a
vivir en un clima de agradecimiento hacia las cosas, personas y
circunstancias que nos facilitan la vida. Sería desnaturalizado
insultar o criticar al árbol que nos está dando sombra y nos produce
fresco en verano. Sin embargo tal vez nos quejamos en exceso de
muchos detalles que rodean nuestro existir día a día; y posiblemente
esa disposición adversa nos impida disfrutar de bastantes cosas
pequeñas y agradables que también podemos encontrar en nuestra vida
cotidiana.
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Al cabo de un año, el perro se parece a su amo.
Recuerdo que un amigo, que
tenía perros en su piso de una gran ciudad, me decía más o menos lo
siguiente: "La relación que se establece entre el dueño de un perro y
su perro es de tal índole que quien no tiene perro no puede hacerse
idea". Como yo no tengo perro, supongo que no tengo derecho a hacerme
idea. Pero sí he tenido gatos, en la casa donde nací y pasé mi
infancia; y puedo decir que para mí no eran lo mismo los gatos "de
casa", a los que casi habíamos visto nacer y -desde luego- crecer, que
los gatos del vecindario. Recuerdo uno de estos últimos, gordo,
negro, y de enorme cabeza..., que para mi mente infantil era ni más ni
menos que una personificación del mal. Los gatos de casa eran
simpáticos compañeros de correrías y travesuras (aparte de que se
encargaban de que no tuviéramos ratones rondando); y no nos amenazaban
ni dañaban a menos que se vieran acorralados. Lo aquí dicho apunta en
la dirección del refrán que comentamos. Creo que la convivencia crea
una especie de simbiosis: miradas, gestos, órdenes, preferencias...
todo esto se transmite sin palabras o con el mínimo uso de palabras
por parte del dueño o dueña. Por algo se habla de "animales de
compañía", como un aproximado sinónimo de "domésticos", y aludiendo al
mismo tiempo a ese clima de buena amistad.
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Al caso repentino, el consejo de la mujer; y al de
pensado, el del más barbado.
Si hay que tomar una decisión
importante sobre la marcha, el refrán nos aconseja se haga caso ante
todo a la opinión de la mujer que, concerniéndole esa decisión, esté
presente. La intuición femenina probablemente resolverá la
incertidumbre y la duda, encaminando la decisión hacia un buen final,
antes que meternos en muchas disquisiciones y razonamientos que quizá
sean estériles. Si el asunto se presenta como un problema a resolver
tras madura deliberación, en dicha deliberación debe pesar mucho la
opinión del "más barbado", es decir: del más cargado de experiencia,
debido a su larga edad.
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Al carro volcado, todos le dan de mano.
Al carro volcado, todos le dan la mano.
Aquí tenemos simultáneamente
presentes dos refranes contradictorios. Es curioso que, siendo los
refranes por lo general un buen índice de los comportamientos humanos,
y -sobre esa base- teniendo tantos parecidos mutuos, a
veces, aun entre distintas culturas e idiomas..., ahora en este caso
diverjan tajantemente dentro de nuestra misma cultura, y con
referencia a la misma situación. Resulta que se ha caído un carro por
un camino vecinal. El arriero no puede ponerlo de pie él solo, y
necesita que le ayuden los viandantes, pero "todos le dan de mano",
dice el primer refrán; es decir: la gente escurre el bulto, y no
ayuda. Es un retrato, verdaderamente fiel -por desgracia- de lo que
ocurre muchas veces: "No es mi problema", "Allá se las arregle"
-decimos o pensamos-. Nuestra insolidaridad queda patente. Por el
contrario, el segundo refrán muestra el buen fondo humano que hay en
muchas personas; ante un carro volcado en el camino, algún transeúnte
se siente movido a ayudar y -a su ejemplo- van surgiendo voluntarios
para arrimar el hombro y enderezar el carro: "Todos le dan la mano", y
se prestan a colaborar. También, para nuestro confort interior, es
éste un retrato de lo que a veces ocurre. El panorama no es tan negro
ni tan contradictorio como a primera vista parece. Ya Jesús de
Nazaret, hace casi veinte siglos, tipificó estas conductas
inhumanas/humanas en la conocida parábola del Buen Samaritano. Con su
palabra nos anima a formar parte de los que con corazón humano
ayudan a sus semejantes.
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A caballo regalado no le mires el diente.
Este refrán tiene
variantes, seguramente más antiguas, que rezan así: "Al caballo de
presente, no le mires el diente"; y "Al caballo presentado, con los
ojos cerrados" ("has de recibirlo", se entiende). Estas dos versiones
presentan la ventaja de la rima, pero la desventaja de que quizá se
entiendan peor: "presentado" o "de presente" quiere decir 'recibido
como regalo'. El refrán nos enseña que se debe agradecer todo regalo
a la persona que nos lo hace, pues su intención es agasajarnos,
independientemente de la calidad del regalo. Dejemos a un lado
nuestro sentido crítico cuando recibimos un regalo, y demos muestras
de agradecimiento a quien nos lo hace, pues así correspondemos a su
buena intención. Si además el regalo merece nuestro aplauso, mejor
que mejor.
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Al buen negociador no le duelen los pies.
El buen negociador tendrá que
hacer más de un viaje para lograr acuerdos en la negociación, o bien
-como negociante- para vender las mercancías de su negocio. Lo menos
que se le puede pedir es que sea sufrido con las propias molestias
inherentes a su trabajo, lejos de ponerse en plan quejica y lamentarse
de que le duelen los pies de tanto moverse de acá para allá. Hay un
punto de optimismo y asertividad que debe alcanzar quien de veras se
propone algo. Viene aquí a cuento -incluso por asociación de ideas-
una historieta que se narra a propósito de un comerciante que fue
destinado al África profunda y primitiva para allí vender zapatos.
Volvió desolado, diciendo: "Imposible hacer negocio. Allí todo el
mundo anda descalzo". En vista de ello enviaron a otro con el mismo
cometido. Éste envió un mensaje que irradiaba alegría a su oficina
central: "Enviadme un enorme surtido de zapatos: aquí todo el mundo
va descalzo". Sin optimismo y un cierto espíritu de lucha no
conseguiremos nada.
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Al buen entendedor, con media palabra basta.
Al buen entendedor, pocas palabras, y ésas, sabias.
Es bastante conocida la versión
latina de la idea aquí expuesta, que por cierto hace gala de la misma
brevedad que predica: "INTELLIGENTI PAUCA", que quiere decir: "Al
inteligente, pocas (palabras). Este proverbio latino casi cumple el
consejo del primer refrán citado, al darnos, no media palabra, pero sí
media frase, omitiendo incluso el sustantivo "palabras". Es un hecho
que en la comunicación por el lenguaje tienen un papel protagonista
ciertos ingredientes que no son precisamente las palabras, sino el
tono, el contexto, los gestos que acompañan, etc. Se pone en juego un
complejo de circunstancias que quita mucho relieve a lo que nos parece
esencial: la aparición de las palabras. Por ello el comunicador
inteligente y el receptor inteligente de una comunicación podrán dar y
entender un mensaje con notable economía lingüística. Es mucha verdad
que la abundancia de palabras puede ahogar la espontaneidad y frescura
de una buena comunicación.
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Albarda sobre albarda, una por la barriga y otra por
la espalda.
Las albardas son como las
alforjas, para llevar cosas encima. La alusión a la doble albarda,
que desde el hombro cae hacia delante (barriga) y hacia atrás
(espalda), incide más en la idea de que el portador es humano, y se
trata en realidad de unas alforjas, más que de un serón de carga
puesto sobre un burro o un mulo -que, por cierto, no tienen espaldas,
sino lomos-. Humorísticamente se alude a los que se expresan sin
avanzar en las ideas, dando siempre vueltas a lo mismo mediante
palabras y más palabras que repiten lo ya dicho. Sin duda nos
recuerda penosos discursos que los sufridos ciudadanos tenemos que
padecer sin que se nos brinden soluciones a los problemas reales. Con
un lenguaje castizo, el refrán retrata situaciones de todos los
tiempos.
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A la vuelta del cerrillo está el ventorrillo.
En esos diminutivos que -además-
riman, dando así sonoridad al refrán, está la clave del mismo: el
cerro, donde posiblemente el hombre tiene su trabajo agrícola de
arado, siembra, regadío, cosecha, etc.; y la venta rural, donde a la
vuelta se reúne con sus amigos a tomar unos chatos de vino y conversar
relajadamente. Los diminutivos tienen un sentido afectivo; no de
disminución de tamaño, sino de trato cariñoso. Quiere decir que el
trabajo encuentra también su compensación humana, como lo es disfrutar
del vino y de la compañía de otros colegas. Hasta ahí, todo se ve muy
humano. El refrán, sin embargo, va más allá, y avisa veladamente del
peligro que supone dar prioridad a la diversión y al solaz amigable
sobre la normal obligación de trabajar para vivir (donde, por cierto,
está implicada la subsistencia de la propia familia). Me recuerda un
dicho popular, también en verso, que, con cazurra picardía, y echando
mano de ciertas obligaciones religiosas, reza así: "Yo no voy a la
iglesia / porque estoy cojo, / pero voy a la taberna / poquito a
poco."
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A la tórtola y al moral no los engaña el tiempo.
Por medio de dos representantes
respectivos del reino animal y del vegetal, se simboliza aquí toda la
naturaleza que se despliega ante el ser humano. La tórtola suele
venir ya bien entrada la primavera, justo cuando el moral echa sus
brotes. Los seres no humanos de la naturaleza tienen una sensibilidad
muy especial para el clima y las estaciones, mientras que los humanos
solemos vernos sorprendidos por una lluvia, un vendaval, o un cambio
inesperado de temperatura. Con cierta frecuencia, no vamos bien
abrigados o tal vez no salimos protegidos frente a la lluvia en un día
nuboso. Es éste un elemento digno de nuestra reflexión, y que sin
duda nos conduce a una cierta humildad. Incluso los partes
meteorológicos oficiales se equivocan, a veces cuando más interés
tenemos en conocer el clima. Junto a la humildad podemos cultivar
nuestro sentido de previsión, en lo posible, y precavernos frente a
las sorpresas climáticas o estacionales. Y, una vez más, admirar la
sabiduría de la naturaleza; lo cual nos ayudará a elevar sanamente el
espíritu.
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Alba manchada, tormenta asegurada.
Por "alba manchada" se entiende
un amanecer con nubes rojas -más propias éstas del ocaso- en pleno
verano. Tal fenómeno equivale a una predicción de lluvia veraniega.
Las personas que viven en el campo y del campo tienen una sensibilidad
especial para detectar y descifrar estos signos del lenguaje de la
naturaleza. Recuerdo a un agricultor retirado, ya bastante mayor, que
en Arcos de la Frontera (Cádiz) me explicó con todo detalle el
funcionamiento de las llamadas "cabañuelas de agosto", y su fuerza de
predicción para el clima de todo el año. Jesús de Nazareth, maestro
del espíritu, pero también de la vida humana, decía a sus discípulos
-cuando éstos le pidieron una señal venida del cielo-: -Al caer la
tarde decís: "Está el cielo colorado, va a hacer bueno"; por la
mañana decís: "Está el cielo de un color triste, hoy va a haber
tormenta". El aspecto del cielo sabéis interpretarlo, ¿Y la señal de
cada momento no sois capaces?
Es una clara invitación a interpretar en clave humana la señal de cada
momento. No la desoigamos. Puede ser vital para nuestra felicidad de
aquí en adelante.
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A las veces, es más el ruido que las nueces.
Se trata de una variante del
refrán bien conocido "Mucho ruido, y pocas nueces", con la
ventaja ahora de la rima -veces / nueces- que siempre es un factor que
ayuda a la memoria. La formulación algo arcaica "a las veces..." (por
"a veces...") también es un rasgo simpático del lenguaje. Las nueces,
al caer del nogal o al cascarlas luego para comérnoslas, producen
ruido. Pero algunas, para nuestra desilusión, pueden estar vanas.
Todas, incluso las vanas, producen ruido. Es una invitación para no
confiarnos mucho en las apariencias externas, y también para tener
sentido del humor a la hora de superar pequeñas decepciones.
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A largo camino, se conoce el hombre.
La palabra "hombre", que suele
aparecer en muchos refranes y frases sentenciosas, procede del latín "HOMINEM";
de ahí "omne" -como era frecuente decir en la Edad Media- y nuestro
actual término "hombre". Muchos lingüistas han visto ahí la raíz
indouropea "dhghem", que significa 'tierra', de la que también viene
el adjetivo derivado "humano". Tanto "hombre como "humano" se
relacionan con el latín "HUMUS", que igualmente quiere decir "tierra";
sin duda por el relato que hace el Génesis acerca de la creación del
ser humano a partir del barro de la tierra. "Hombre" equivale pues a
"ser humano", tanto varón como mujer (en nuestra lengua madre había
palabras específicas para cada uno de los sexos, como "VIR" y "MULIER", respectivamente).
Por tanto, nuestro refrán, como otros muchos donde aparece "hombre",
se debe tomar en ese sentido genérico que abarca tanto al varón como
a la mujer. Quiere decir que no se puede conocer a la persona humana
a través de primeras impresiones o de algún breve encuentro. Es el
trato a largo plazo y la convivencia los que nos hacen conocer mejor a
las personas. Y especialmente en las circunstancias de dificultad,
como las que van anejas a un largo camino, es donde mejor conocemos a
nuestros y nuestras semejantes.
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Al arbolito, desde chiquito.
La implicación de este refrán
está en la idea de que el árbol debe guiarse por su plantador desde
que es pequeño. Siendo pequeño, ese arbolito que con orgullo y temor
se alza sobre la tierra, puede ser derribado por un golpe de viento,
por la lluvia, e incluso por una oleada de riego más fuerte de lo
normal. ¿Quién no ha visto esas guías derechas y verticales a las que
suele atarse el árbol? En los primeros momentos de su vida, el
arbolito necesita que se le dirija. Hay una frase proverbial que reza
así: "Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo." Al
parecer, ahí se compendia la misión de la vida humana. En nuestro
refrán de hoy se resumen las tres aspiraciones vitales que detalla
-también con espíritu de generalización- la frase proverbial. Pues en
el arbolito está simbolizada al mismo tiempo la educación del hijo (o
de los hijos e hijas), y la obra humana o trabajo que dé de comer a
nuestra familia y dignifique
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nuestra vida. No se trata sólo de "tener", sino de dar sentido a "eso"
-tan precioso- que se tiene.
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A la que cuece y amasa, de todo le pasa.
Refrán que está ambientado en
una sociedad donde era prácticamente desconocido el concepto de
"cocinero" masculino, tratándose generalmente de mujeres cocineras e
incluso panaderas. Hoy contamos con eminentes varones cocineros
también, y con escuelas de cocina y panadería para ambos sexos. Pues
bien, en la mentalidad del refrán, se nos exhorta a no echar la culpa
a la cocinera de cualquier desazón que encontremos en la comida -sopa
fría, plato falto de sal, etc.-, pues tal vez la sopa se ha enfriado
por tardar los demás en sentarnos a la mesa, o la falta de sal se debe
a que ella piensa que cada comensal puede salar el plato a su gusto.
Tenemos medios para subsanar estas cosas, como un salero o un
microondas, sin necesidad de hacer comentarios ingratos para quien
preparó la comida. Por extensión, se nos recomienda no culpar
irreflexivamente a la mujer por cualquier deficiencia que encontremos
en la casa. Creo que el refrán tiene también otra dimensión, y es la
que expresa su refrán hermano "Quien no se embarca, no se marea", a
saber: La que cuece y amasa se expone a una pequeña quemadura, un
tiznón en la ropa -que por ello conviene que sea ropa de trabajo-,
incluso a la eventualidad de que se le caiga al suelo lo que está
preparando. Todo oficio tiene sus riesgos, y hay que asumirlos con
buen espíritu al emprender la labor. De lo contrario estaremos
siempre con los brazos cruzados, esperando que otros nos faciliten un
cómodo trabajo y un cómodo vivir.
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A la primera azadonada, disteis en el agua.
Dar con agua a la primera
azadonada es todo un golpe de suerte para quien intenta excavar un
pozo: quiere decir que ya no hace falta el pozo, pues estamos ante un
manantial que, bien encauzado, regará nuestras tierras. La imagen es
aplicable asimismo a la figura de quien busca ese legendario tesoro
que solía esconderse enterrado en un campo. Su búsqueda puede ser
larga, e incluso infructuosa; o, por el contrario, puede verse
recompensada por el éxito en el primer golpe de azadón. ¡Qué suerte
sería eso!, igualmente que en el caso del agua. Por cierto, ambos
casos pueden superponerse e identificarse, desde el punto de vista de
que el agua es un también un tesoro para el campo y para la vida. Si
no hay tanta suerte al primer intento -lo que hubiera sido ciertamente
milagroso-, echaremos mano de otro refrán, anteriormente comentado:
"Ahonda, y sacarás agua". En el plano de las relaciones humanas, sin
duda hay mucho tesoro escondido que circula a nuestro alrededor. Dar
con alguno de esos tesoros depende bastante de la suerte, pero también
de nuestra actitud. ¿Somos pacientes, humanos y afectuosos en el
trato? ¿Consideramos las buenas cualidades de los demás? ¿O no
tenemos tiempo? Podemos estar perdiéndonos más de un tesoro por falta
de tino o de constancia.
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A la pluma y a la espada no hay imposible nada.
Alude a los dos medios que se
consideran básicos para conseguir cosas: las razones -representadas
por la pluma-, o la lucha -representada por la espada-. Parece
aconsejar que cuando se agotan los razonamientos se recurra a la
lucha, aunque entendamos bien que ésta debe efectuarse en el marco de
la democracia: cauces legales, manifestaciones o incluso huelgas
contempladas por la ley, etc. Lo contrario sería recurrir a la
violencia y a la ley del más fuerte, tomándonos la justicia por
nuestra mano; con lo que arruinaríamos las bases de la convivencia
democrática, creando así un serio peligro para todos. Lo que en el
fondo nos enseña el refrán es poner voluntad en nuestros trabajos,
asuntos y compromisos, incluso luchando sanamente por todo ello.
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A la puente, o al vado.
Se nos recomienda aquí ser
decididos, lejos del inacabable y estéril titubeo. Si hay que cruzar
el río, busquemos un puente o internémonos por el vado más cercano,
pues corremos el riesgo de eternizarnos en la inmovilidad,
considerando siempre ese río como una dificultad en nuestro camino.
Nótese que la formulación del refrán usa el arcaísmo de "puente" como
sustantivo femenino de nuestra lengua; tal y como antiguamente, cuando
Pontevedra recibió su histórico nombre de "puente vieja" -PONTE(M)
VETERA(M) en latín vulgar, de donde nos viene el topónimo Pontevedra-.
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A la pesca y a la caza, cachaza.
Todos hemos visto pescadores
sosteniendo la caña en las manos -a veces agitándola para lanzar el
anzuelo-, en la margen de algún río o en las orillas de la mar. En
nuestro mundo de prisas y ajetreo, esa imagen del pescador tesonero y
paciente, es un grato contrapunto lleno de humanidad. Algo parecido
cabe decir del cazador, quien debe actuar con sagacidad, prudencia y
sigilo para no espantar a la caza. El momento de la caza puede
reducirse a un instante -como el tirón que da el pescador de caña al
percibir la picada-, pero tiene detrás un considerable tiempo de
preparación y, por supuesto, una psicología especial: eso que nuestro
refrán llama castizamente "cachaza", y podríamos glosar como
"paciencia imperturbable". ¡Qué buena referencia para tantas
situaciones que vivimos todos, innecesariamente agobiados por el
estrés!
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Al amor lo pintan ciego.
Creo que fácilmente se nos evoca
la imagen de Cupido, el niño flechador con sus ojos vendados,
dispuesto a hacer de las suyas enamorando a los humanos. Cupido es la
versión latina de Eros, dios griego del Amor, quien empezó a
representarse iconográficamente como un hombre, y con el tiempo se
pasó a representarlo como un adolescente, y por fin como un niño -tal
vez para reforzar la idea de la inconsciencia implicada en el
enamoramiento-. El detalle de los ojos tapados abunda en lo mismo.
De Eros nos viene el adjetivo "erótico", el sustantivo "erotismo",
etc. Y de Cupido que significa en latín "deseo" -muy frecuentemente
aplicado al deseo sexual- nos viene la raíz que encontramos en la
palabra "conCUPIScencia", y por supuesto la imagen del diosecillo que
dispara traviesas flechas. Creo que es útil distinguir entre el
enamoramiento y el amor. El enamoramiento, como fogonazo de belleza y
atractivo que despierta nuestra sensibilidad hacia la persona "amada",
sí tiene bastante de esa ceguera de que habla el refrán. No se ve
defecto alguno en esa persona que vivamente nos atrae, o en todo caso
pensamos que cualquier posible defecto o contrariedad va a ser
superable. Pero el enamoramiento normalmente debe ceder paso al amor,
segunda fase del proceso, donde sin cerrarnos a la sensibilidad y al
impacto de la belleza, hacemos intervenir todo nuestro mundo interior,
incluida nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Es conveniente que
si entramos por el camino del amor lo hagamos con toda nuestra riqueza
personal, sin excluir el pensamiento; entonces querremos a la otra
persona con plena libertad, y no ciegamente. Así no habrá lugar luego
a la fácil excusa -en caso de desavenencia- de "yo no sabía lo que
hacía". Es más: poniendo corazón y cabeza por ambas partes de la
pareja, se pueden enmendar muchas desavenencias, y hacer que redunden
para bien. Por eso yo corregiría el refrán, diciendo: "Al
enamoramiento lo pintan ciego, y al amor con la mirada bien
abierta."
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¡Al agua, patos; que se la beben los gusarapos!
Este refrán tiene un sabor
epicúreo, pues invita a seguir la senda de lo que nos resulta
agradable, antes de que sea tarde. Exhorta a "tirarse a la piscina"
-como se suele decir- sin pensarlo más. Resulta obvio que guiarnos
por el gusto irreflexivamente puede acarrearnos problemas, pues ya de
entrada arrincona una parcela muy importante de nuestra vida íntima,
como es nuestra capacidad intelectual, o sea: usar la cabeza y ser
personas racionales aun en las ocasiones más apremiantes. Pero debemos
interpretar el refrán en positivo y aprovechar algo de su enseñanza;
creo que en este aspecto se refiere a no desaprovechar las ocasiones
que nos puedan aportar auténtica felicidad. La sabiduría popular nos
enseña que "la ocasión la pintan calva, y hay que cogerla por los
pelos".
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A la feria muchos van, a ver y no a comprar.
Creo que muchos nos vemos
retratados en este refrán. Toda feria tiene su parte de mercado, con
tenderetes y atracciones. A veces tomamos la feria como pretexto para
dar un paseo ameno y barato: descansamos dándonos una vuelta por un
ambiente nuevo, miramos cosas y tal vez precios, pensamos lo que nos
ahorramos no comprando, y seguimos adelante. No está mal, y somos
libres para hacerlo así; pero pensemos que si todo el mundo hiciera
eso, la feria se acabaría, y los grandes o pequeños negocios de los
tenderetes acusarían pérdidas o incluso se vendrían abajo. El clima
festivo de la feria debe invitarnos a participar, comprando aunque sea
un pequeño detalle, un regalito que queremos hacer a alguien o a
nosotros mismos. Otros comprarán más, si pueden gastarse más. Pero
lo importante es integrarse de algún modo en la organización,
eligiendo algo. Es una manera de solidarizarse y de agradecer que
hayan montado aquello para brindarnos un rato de relax y -obviamente-
conseguir alguna ganancia que encarrile el negocio. Ahora os pido
que, dando un paso más, consideremos la vida como una gran feria,
por la que deambulamos tal vez con alguien de nuestra familia. ¿Nos
gustaría pasar por la vida sin participar en ella, sin inmiscuirnos,
sólo disfrutando del ahorro que vamos logrando? Hay mil ocasiones de
integrarnos e intervenir para bien. No creo que haya otra manera de
vivir en plenitud la vida.
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En un jardín crecen más cosas que
las que siembra el jardinero.
Es obvio que en un jardín
crecen hierbas no deseadas -que llamamos malezas-, crece musgo, crecen
bichos y telarañas, se genera oxígeno... Todo eso es vida, y no todo
es -desde luego- negativo. En un plano metafórico, podemos decir que
un jardín bien cuidado también genera relax, serenidad de espíritu,
equilibrio en nuestras facultades humanas. Creo que por eso el
enunciado de refrán dice "cosas", y no "flores" o "plantas".
Profundizando en el sentido metafórico, todos somos jardineros de
nuestro propio vergel interior. ¿Qué sembramos allí? ¿Qué crece allí,
aparte de lo que sembramos? ¿Cuidamos nuestro jardín? ¿Nos da paz? En
nuestra mano está todo ello. No es muy difícil, pero nos demanda un
cierto trabajo, que se promete gratificante.
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A la buena
hilandera, nunca le falta camisa.
Parece lógico que cada familia esté bien aprovisionada de aquello que
entra dentro de su negocio o medio de vida. No es concebible, por
ejemplo, que si el negocio familiar es una papelería, a los hijos les
falte un cuaderno para estudiar en la escuela, o que los hijos de un
panadero no prueben el pan. Argumentando por el lado contrario -es
decir, desde la ilogicidad y el ridículo- hay refranes que ponen de
relieve el mismo mensaje, como "En casa del herrero, sartén de palo".
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A la conciencia,
nadie la engaña.
Muchas veces se hace molesta la voz de la
conciencia, cuando nos desvela la pobreza de nuestra interioridad,
pero ahí está. Podemos camuflarla o hacernos los sordos a ella, pero
tarde o temprano se nos hace oír. Un buen trabajo interior es formar
correctamente la conciencia, lejos de esquivarla o desoírla. Dicho de
otro modo: huir del autoengaño, y vivir en conformidad con la persona
que queremos ser.
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Ajenos cuidados,
sentirlos, pero no llorarlos.
Este refrán es una llamada a la
serenidad, no a la indiferencia y frialdad de corazón. Hay una
diferencia entre "llorar" y "sentir". Es lógico que lloremos en
ocasiones tristes que nos afectan, por tratarse de desgracias
familiares, o de bien de amistades íntimas, cuyos problemas sentimos
como propios. Más allá de ese círculo se nos recomienda "sentir", es
decir: sensibilizarnos con asuntos y dificultades de personas que no
nos resultan tan cercanos. Mantenernos serenos y tratar de ayudar en
lo posible. Se me viene a la mente la anécdota de un traumatólogo de
Urgencias de un Hospital, a quien -ante un accidente que
produjo varios heridos, y algunos graves- le preguntaron si él no se
ponía nervioso. Respondió: "Si yo me pongo nervioso, ¿quién opera?.
Es importante que hacernos sensibles no disminuya nuestra capacidad de
actuación.
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Ahora que te veo me
acuerdo; que si no te encontrara, no me acordara.
Creo que estamos ante un refrán simpático, por su sinceridad y
humildad. Es humano olvidarnos unos de otros si no tenemos "roce", es
decir: trato frecuente, en lenguaje popular. Lo mismo se olvidan
problemas, situaciones, propósitos... Volver a ver a personas que
para nosotros significan mucho o bastante, es también integrarnos de
nuevo un poco en sus respectivos mundos, y compartir un rato en común
que, sea largo o corto, puede resultar muy sabroso. Todo esto se nos
pasa por la mente; pero lo gracioso de este refrán es que lo
manifiesta ingenuamente con palabras, convirtiendo así la debilidad
propia en confidencia amigable.
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A hombre reñidor y
caballo corredor, poco les dura el honor.
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La razón es obvia. Tanto ese hombre como ese caballo compiten por un
premio muy enraizado en la animalidad, y muy
efímero. Pronto les saldrá un competidor que les aventaje, que es
como decir: aparecerá un bruto más bruto todavía.
Cuando se trata de valores morales enraizados en el amor, huelga
toda competencia y -por otra parte- es muy difícil
calcular las dimensiones del amor. El amor ennoblece la actividad
humana.
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Ahonda, y sacarás
agua.
Hay terrenos muy favorables a la fabricación de pozos: basta con
cavar convenientemente, y a alguna profundidad se encuentra agua. No
obstante, es una labor de paciencia encontrarla, incluso en tales
casos, pues no está fijado el número de metros que habrá que cavar
ahondando. Por ello el refrán exhorta a la constancia en el trabajo
emprendido, el cual metafóricamente se extiende a cualquier otro
trabajo que nos ocupe. La perseverancia y el tesón puesto en lo que
queremos conseguir son importantes para el éxito.
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Aguja en pajar, mala es de hallar.
"Eso es como encontrar
una aguja en un pajar", decimos cuando emprendemos una búsqueda, que
se presiente infructuosa, de un documento importante de entre un cajón
lleno de papeles. La consecuencia de una situación así o parecida, y
que ahora nos recuerda el refrán, es que mantengamos un orden
razonable en las cosas importantes. Puede parecer un lujo, pero es un
lujo necesario y -a la corta y a la larga- nos hace ahorrar tiempo y
energías-.
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A gusto dañado, lo dulce le es
amargo.
Si no nos gustan cosas que a
otros en nuestro ambiente les parecen buenas -puede tratarse de
películas, libros, exposiciones de arte, lugares de turismo, etc.-, y
esto se da con cierta frecuencia, puede ser que tengamos el gusto
dañado por algún amargor interno. Vale la pena que lo tratemos con
alguien que nos merezca confianza, y si tenemos ánimo de superarnos,
la superación puede ser bien sencilla. Basta con abrirnos. Nuestro
psiquismo lo agradecerá.
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Agua pasada no es
espada.
Se nos muestra aquí una variante rimada de otro refrán bien conocido:
"Agua pasada no mueve molino". La rima, por su sonoridad rítmica, es
una ayuda para la memoria, y desde luego ha ejercido esa función
mnemotécnica cuando los refranes, más que escribirse y leerse, se
difundían de boca en boca. Creo que los mayores de ahora conservamos
el recuerdo de muchos refranes aprendidos oralmente de nuestros
padres, abuelos o maestros. El presente refrán es una invitación a no
demorarnos excesivamente en rumiar un pasado que ya no volverá. Más
vale vivir el presente, que es lo que tenemos, y prepararnos en lo
posible para afrontar los retos del futuro. Existe un breve dicho,
que es como un compendio de los citados proverbios: "Lo pasado,
pasado." He aquí también una buena máxima para olvidar situaciones
desagradables y -cuando así lo estimemos justo y solidario- perdonar a
quien nos las motivara.
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Agua y candela, a
nadie se niegan.
Es un consejo evangélico -por otra parte, bastante obvio- ofrecer un
vaso de agua a la persona sedienta que así nos lo pida. En cuanto al
fuego, siempre ha sido un elemento necesario para hacer la comida; e
incluso ahora, que existen otras soluciones técnicas, se ve a veces
este letrero en restaurantes que se anuncian como "asadores" de carne:
"Horno de leña". Antiguamente el fuego resultaba difícil de encender,
y no era infrecuente pedir fuego al vecindario. El Arcipreste de Hita
dice -en el "Libro del Buen Amor", hablando con la Muerte, y aludiendo
a sus intempestivas visitas a domicilio-: "como el fuego vas, de
vecina en vecina". Por otra parte, cuando se piensa en las fogatas
que los pastores y campesinos solían hacer por la noche en el campo,
para cenar y calentarse, nos podemos imaginar que algún caminante
aterido y sediento pasa por allí. Ciertamente sería inhumano negarle
agua, algo de alimento y un lugar junto al fuego. Tal ambiente de
hospitalidad es el que este refrán trata de crear. Queda a nuestra
iniciativa cómo adaptarlo a nuestra vida en las ciudades modernas.
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Acuérdate de ti, y te olvidarás de
mí.
Este refrán castellano no es una
invitación al egoísmo ni al solipsismo de encerrarse uno en sí,
olvidando al prójimo. Está inspirado más bien en la consideración
evangélica de no detenerte a ver la mota en el ojo de tu hermano,
teniendo una viga en tu propio ojo, que -aparte de ser gravosa para tu
crecimiento como persona- te impide ver objetivamente las cualidades
de los demás. Ante todo cultivemos en nosotros una mirada sana y,
puestos a hacer limpieza, empecemos por nosotros mismos.
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Agua corriente no
mata a la gente; agua "estancá" la matará.
Cuando la naturaleza no estaba tan contaminada como ahora con
pesticidas, residuos de basura dispersa, plásticos abandonados, etc.,
este refrán servía de guía a quien caminaba campo a través para saber
de qué agua podía beber, y de qué agua debía abstenerse. El agua que
fluye cuenta con la función purificadora y renovadora de la fuente, lo
cual no ocurre con el agua estancada, que se pudre, y se puebla de
alimañas y verdín. El problema ahora es que hay fuentes y cauces
contaminados. En la formulación del refrán se da un recurso a la
pronunciación andaluza o extremeña, en esa palabra entrecomillada "estancá",
que aunque sea vulgar resulta entrañable, a la vez que consigue para
el refrán una rima perfecta. Hay una variante de este refrán, que se
aplica -como puede aplicarse este mismo, aunque quizá con menos
propiedad- a la situación de alabar a la persona diligente, que se
mueve y actúa; y desautorizar al ocioso y holgazán, comparable al agua
estancada, inmóvil. Es el siguiente:
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Agua estancada, agua
encenagada.
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Afligir al afligido,
es de corazón podrido.
Seguramente es un refrán muy antiguo, pues ya se formulaba en lengua
latina: "Afflictis non est addenda afflictio", que a la letra quiere
decir: 'No se debe añadir más aflicción a quienes ya están
afligidos'. La más elemental psicología recomienda no agobiar -en lo
posible- con reproches, reconvenciones o malas noticias a quien ya de
por sí viene cargado anímicamente con un gran peso encima. Ya llegará
el momento propicio de hacerle caer en la cuenta de sus
responsabilidades. Es lo que popularmente se dice "no echar sal en la
herida". Lo contrario sería obrar como quien no tiene corazón humano,
o -dicho de otro modo- tiene "el corazón podrido
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Ovejas bobas, por
donde va una, van todas.
Es un aviso contra el borreguismo, que resulta ser por desgracia más
común de lo que parece. Consiste en seguir los dictados de la
mayoría, sin discernimiento alguno ni criterio propio. Por ahí vamos a
una sociedad de títeres, regida por sutiles hilos de poder,
conformismo masivo, y el sospechoso aval que aporta la opinión más
seguida por una mayoría deficientemente informada. Hay dichos bien
conocidos que apuntan en esa línea, como por ejemplo: "¿A dónde va
Vicente? Adonde va la gente."
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A falta de ciencia,
ten obediencia.
Es imposible saber de todo, y por ello a veces hay que recurrir al
criterio de autoridad, o bien -dicho con otras palabras- fiarnos de
quien conoce a fondo el asunto en cuestión. Esto no es entregarse al
borreguismo de creérnoslo todo sin discriminación. Precisamente se
impone un criterio bien formado para elegir y saber de quién podemos
fiarnos.
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A duelos y trabajos,
corazón ancho.
Breve refrán, incluso carente de verbo, que nos mentaliza para enfocar
los reveses de la vida en positivo, con energías brotadas de la buena
voluntad. Es muy conocida la variante "A mal tiempo, buena cara".
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A escote, nada es
caro.
Supongamos que se reúne un grupo de amigos para pasarlo bien. Se
establece un fondo común, aportando todos la misma cantidad. Si el
fondo se acaba, y aún tienen "cuerda para rato", y se lo pueden
permitir, se hace una nueva aportación al fondo. Así se lo pasan todos
en grande, sin preocupación especial por el gasto inmediato que toca
hacer. En realidad están pagando a escote y, aunque se está gastando
dinero, da la sensación de que nada resulta especialmente caro. Al
mismo tiempo se está practicando la solidaridad, el espíritu de grupo,
compatible con la sana diversión.
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Adonde el corazón se
inclina, el pie camina.
El corazón, como centro de la vida interior, es el gran motor de
nuestra conducta. Una conocida novela italiana, de Susana Tamaro, se
titula "Adonde el corazón te lleve". De ahí, la importancia de
cultivar nuestro corazón en su actividad y en su crecimiento
espiritual, a fin de que nos conduzca a la mayor felicidad posible.
San Agustín solía exclamar "Amor meus, pondus meum", que traduciré
libremente como: 'El amor es el peso que tira de mí'. En esta línea,
Blas Pascal decía: "El corazón tiene razones que la razón no
conoce".
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A discursos necios,
oídos sordos.
Existe la variante "A palabras necias, oídos sordos." El refrán se
comenta por sí mismo.
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Adonde paces, y no adonde naces.
La formulación de este refrán adolece de un cierto arcaísmo, como no
es infrecuente en este género entre literario y popular. Hoy
preferiríamos decir "Donde paces, y no donde naces." Alude a que
conforma más nuestra personalidad el lugar donde vivimos y trabajamos
que nuestra propia tierra natal (en caso de haber diferencia
entre
ambos lugares). No por ello se devalúa el amor a la "patria chica"
o terruño; más bien se insiste en que nuestra patria vital está allí
donde desarrollamos nuestra actividad y vamos madurando nosotros
mismos.
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Adondequiera que fueres, haz lo que vieres.
(También: "...haz como vieres").
Sobre la palabra inicial "adondequiera", diré que está bien empleada,
pues tiene una referencia dinámica y direccional de "lugar adonde",
seguida por el verbo "ir". Es curioso el uso del futuro de
subjuntivo, ya prácticamente en desuso -"fueres", "vieres"-, que le da
un aire venerable al dicho. Yo prefiero la versión dada entre
paréntesis "haz como vieres", ya que no siempre es aconsejable hacer
miméticamente lo que se ve hacer a otros, aunque sí es una buena norma
tratar de adaptarse a las costumbres del lugar donde se está (aunque
sea por unos días); y en este sentido y de modo general, actuar "como"
la gente que allí reside.
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A Dios adorando, y
parva limpiando.
Aventar la parva para limpiarla, separando el trigo de la paja con la
ayuda del viento, era un quehacer obligado en cualquier era, tras la
trilla. Hablo en pasado, pues me refiero a una labor manual, realizada
bieldo en mano por el personal de la era, antes de que entrara la
mecanización para tales labores. Aunque se pida la ayuda de lo alto,
tal vez rezando a Dios por la prosperidad de la cosecha, no debe
descuidarse el trabajo humano. Se supone que Dios no va a favorecer a
los indolentes. Hay otras variantes, que existen en nuestra memoria
colectiva: "A quien madruga, Dios le ayuda". "A Dios rogando, y con
el mazo dando".
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A dar está obligado aquel a quien
han dado.
Hay muchas cosas buenas que
hemos recibido, al parecer sin merecimiento especial por nuestra
parte. Ya que el hombre es un ser social, se nos impone la llamada a
compartir con los menos favorecidos. Y no me refiero sólo a ayuda
económica, sino también a abrirnos para dar nuestro tiempo, nuestra
afabilidad, nuestro saludo, nuestra sonrisa, nuestra disponibilidad,
en una palabra. Hay una variante de este refrán, en clave creyente:
"A dar no nos neguemos, pues Dios nos da para que demos."
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A destajo, mal trabajo.
Se nos avisa aquí que nos
prevengamos para -en lo posible- no trabajar contra reloj. La
precipitación puede ser muy negativa para el deseado trabajo bien
hecho, así como para nuestra propia estabilidad psicológica.
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A cualquier cosa le
llaman rosa.
Es un mensaje que nos invita a disfrutar -mediante el discernimiento-
de la verdadera belleza, separándola de tantas pretendidas obras de
arte que no son más que vulgaridades. La naturaleza como sublime norma
del arte creo que también queda patente en este refrán.
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A cuchillo que no
corta, ponerle el dedo.
¿Quién se atrevería a probar un cuchillo aparentemente embotado en su
propio dedo? ¿Y si en realidad corta? Calibrar los riesgos y actuar
en consecuencia parece siempre el proceder más sensato, con
preferencia a cualquier tipo de bravuconería.
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Aceituna y fortuna,
a veces mucha y a veces ninguna.
Alude a los altibajos en la fortuna y en la consecuente provisión de
la despensa. Esperar la buena suerte sin desesperar de ella puede ser
un buen consejo.
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Acostarse temprano y
levantarse temprano, hace al hombre activo, rico y sano.
Por asociación de ideas me recuerda una frase proverbial, que aprendí
de pequeño: "Acuéstate tarde y levántate temprano, lo mismo en
invierno que en verano." Esta frase parece menos respetuosa con el
tiempo de descanso y sueño, que obviamente quedaría reducido. El
refrán que hoy aportamos contempla el normal y necesario tiempo de
reposo, e invita a algo tan bonito como es disfrutar de la mañana.
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Aceituna comida, hueso fuera
Cuando
se da un asunto por zanjado, no darle más vueltas, eternizando así el
problema. "Hueso fuera" quiere decir: líbrate ya de esa preocupación.
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Aceite y vino,
bálsamo divino
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Cuando había que fabricarse las
medicinas a base de remedios caseros, el aceite y el vino serían muy
apreciados a este
respecto. El Evangelio de San
Lucas, en el conocido episodio del Buen Samaritano, narra -de labios
de Jesús-
cómo aquel personaje curaba las
heridas de un hombre malherido que había sido atacado por bandidos:
"Le echó
aceite y vino en las heridas, y
se las vendó" (Lc 10, 34). En nuestra tradición española, también los
bálsamos serían
apreciados por sus virtudes
sanatorias; y así en el Quijote aparece muy laudatoriamente mencionado
el "bálsamo de
Fierabrás". Por extensión, el
aceite como condimento o para freír es un elemento precioso en
cualquier despensa; y no
digamos nada del vino para
acompañar cualquier sabroso bocado. El vino, además, al ser
consagrado en la Eucaristía
cristiana, puede merecer
notoriamente el calificativo de "divino".
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A cada pajarillo le
llega su veranillo.
Por "veranillo" se entiende ese tiempo de otoño en que aún se siente
como un rescoldo de calorcito veraniego. Cuando el clima tiende a
enfriarse, el veranillo debe de ser un alivio para muchos pájaros.
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A camino largo, paso
corto
Conviene administrar bien las propias fuerzas.
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Acá tropezando y
allá cayendo, vamos viviendo.
Más importante que no tropezar ni caer es saber levantarse, aprender
de los errores y, sobre todo, amar la vida.
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A amistades que son
ciertas, siempre las puertas abiertas
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A borrica
arrodillada, no doblarle la carga
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Abrazos y besos no
hacen chiquillos, pero tocan a vísperas
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Vísperas es una de las horas
canónicas del rezo eclesiástico, previa a las "Completas", y puede
anunciarse en los
monasterios mediante
un toque de campanas. Abrazos y besos
son la antesala -incompleta- de un posible acto
"completo" de procreación
-expresado popularmente como "hacer chiquillos"-. De una manera
festiva se alude a
comportamientos humanos bien
conocidos.
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Abriga la nieve al
trigo, como la madre a su hijo
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Abril lluvioso y mayo ventoso hacen el año florido y hermoso
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A buena hambre no hay pan duro, ni falta salsa a ninguno
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A buen camino, buen andar
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¡Acabóse el mundo, pues faltó de él don Facundo!
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