Rincón del pintor

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Murillo: Los Niños

 

 

Tal vez el Murillo más conocido por el público sea el de las Inmaculadas, pero hay otro Murillo, el de los niños de la calle, el de los pilluelos harapientos y piojosos que se reparten un melón robado, juegan a los dados o comparten almuerzo en aquella Sevilla que se hundía en la miseria, abrumada por los impuestos y la pujante rivalidad de Cádiz, tras la peste del 49.

Pero la vida y el pensamiento en la España de Felipe IV y Carlos II estaba dominado por el poder asfixiante de la Iglesia y fuera del círculo de la Corte no se hacía más arte que el religioso. Velázquez tuvo la oportunidad de instalarse en ella y su genio maduró espléndido. Los demás pintores y escultores, empero, no tenían más clientela que las instituciones eclesiásticas, ni más temas que los que dictaban los clérigos, era como dar vueltas alrededor de una noria.

En Sevilla, no obstante, había una vida intelectual más rica debido a la afluencia de gentes de otras latitudes y otras culturas, banqueros y negociantes atraídos por el comercio de Indias, que, aunque tímidamente, introducen un soplo inesperado en aquel ambiente tan espeso. En 1660 llegó a Sevilla Nicolás Omazur, miembro de una próspera familia de pañeros flamencos, que pronto se convirtió en cliente y mecenas del maestro sevillano. Tuvo así la oportunidad el pintor de escapar a la dictadura clerical y pintar otros temas y asuntos, los cuadros de género con motivos tomados de la calle, al modo como hacían los pintores flamencos o italianos, cuya obra sin duda conocía a través de estampas.

           Niño de la concha

 

Cuando observamos los comportamientos y las actitudes de los niños, se despierta un reflejo instantáneo en nuestro recuerdo. Una vuelta atrás desde el presente que nuestro inconsciente reconoce en cada uno de sus gestos.

La sonrisa de un niño, se comunica inmediatamente con un yo secreto que le sonríe de la misma forma. Las preguntas de los niños despiertan muchos mecanismos sencillos, con respuestas  que no saben explicar muy bien la amplitud de la curiosidad del niño, pero en cuyo esfuerzo colabora ese niño nuestro que ahora ya no pregunta lo más fácil de pensar.

Sus ilusiones y sus juegos rememoran en cada uno de nosotros un paisaje de diversiones que en realidad nunca perdimos, que únicamente dejamos guardadas para demostrar a los demás que ya somos maduros. Igualmente, el miedo de los niños, su angustia, sus

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                                   con los niños de Murillo

 

llantos, su enfermedad, su soledad y su tristeza hacen aflorar con una misteriosa fuerza un inabarcable y poderoso sentido de protección, de dulzura, de amabilidad en el gesto, de entrega, de preferencia, de compañía…los sentimientos de los niños, todos los sentimientos de todos los niños, se adueñan de nuestro interior y nos lanzan inconscientemente a la infancia, a un retorno al pequeño yo , que quiere

         Niños comiendo melón

ayudar a su “nuevo pequeño amigo” que le enseña a no tener miedo de la fragilidad, de la emoción y del tacto. Como si realmente se estuviese ayudando a su pequeño sí mismo, como en realidad es.

Me pongo a pensar en la infancia, y parece mentira que esté tan cerca y tan reconocible en esta maraña adulta de sensaciones confusas. Siento que es quizás lo más claro y lo menos complicado que podemos conservar. Entonces, después de jugar contigo mismo al escondite durante años, finalmente el pequeño te encuentra y te dice abiertamente a la cara “TIENES QUE SABER SER NIÑO, PUESTO QUE FUISTE NIÑO”.

¿Cómo puede nadie maltratar a un niño, abusar de un niño, explotar a un niño, abandonar a un niño? ¿quién en su sano Juicio puede hacer algo semejante consigo mismo?, entonces, deberá de volver a su niño y jugar con él con paciencia los juegos que no jugaron, y enseñarle a crecer con la alegría que no tuvo, con las caricias que no le dieron o con las sorpresas que le robaron:

Porque con los niños, es cuando realmente los verbos SER O ESTAR significan lo mismo. Ahora voy a jugar un rato a los maravillosos juegos de antaño en los que no había razonamientos pesados ¿te apuntas?

                                                                                 (f.j.p., abril 2007)

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