Traigo esta semana este relato que en mi
juventud me contó mi querido amigo José Luis que tanto bien me hizo y
tanto me inspiró. He de confesar que lo tenía olvidado y hace unos días
volvió a mi memoria y enseguida supe que lo traería a este rincón para
compartirlo contigo. Han pasado muchos años desde que escuché este
cuento por primera vez, y hoy parece casi más actual que entonces (ahora
que hay varios libros de moda y hasta series de televisión sobre la
construcción de catedrales). Los tres canteros estaban trabajando y
sudando por el esfuerzo de sacar la roca de la tierra para convertirla
en material de construcción.
Los tres merecen nuestro respeto. El
primero cumple con su trabajo, suda la gota gorda y espera su merecido
descanso. El segundo proyecta ese esfuerzo sobre quien seguramente sea
su mayor fuente de inspiración y motivación para trabajar. ¿Cuántos de
nosotros no habremos hecho grandes sacrificios y aguantado vicisitudes
por la posibilidad de ofrecer lo mejor a nuestros hijos!, admirable en
los dos casos. Pero espero que el tercero te haya inspirado tanto como a
mi “Estoy construyendo una catedral”; si te fijas, en el relato es el
único que sonríe, ha alcanzado una manera de transcender, y aunque sólo
sea un sencillo eslabón de una larga cadena, siente que su labor es tan
importante como necesaria y sabe que de verdad está construyendo una
catedral, una catedral que seguramente no llegue a ver acabada, pero que
acabará siendo algo grandioso que hará que cada día de su trabajo
mereciera la pena.
Cada adoquín, cada granito de arena de
nuestras vidas, habrá merecido la pena si nos ponemos en disposición de
construir en ella a lo grande, de saber que hemos venido al mundo para
realizar una tarea única y que sin nuestra participación el resultado no
va a ser el mismo. Realmente, cada vez que recuerdo esta historia se
renueva mi ánimo y siento que tengo más fuerza para la construcción de
la catedral de nuestra vida.
E Conde, Marzo 2011