Sintonía con la vida: Arthur Rubinstein fue abordado por
una fervorosa admiradora que le preguntó: «¿Cómo puede tocar las notas con
tanta maestría?». El pianista respondió: «Toco las notas igual que los otros,
pero las pausas… ¡Ah! Allí es donde está el arte».
Hacer frente a las experiencias utilizando más profundidad:
un estudio realizado sobre los visitantes del Zoológico de Washington reveló
que el tiempo medio que pasan las personas mirando a un animal exhibido no
pasa de diez segundos. Entonces, ¿para qué ir al zoológico? ¿No sería mejor
hojear un libro con ilustraciones? La gente se queja de que los hipopótamos
siempre están sumergidos; de hecho, pasan bajo el agua periodos que van de 90
segundos a un máximo de cinco minutos. Sin embargo, la prisa no deja al
visitante aprovechar el motivo de su visita.
Saber cuándo reflexionar o actuar: una paciente mía que
tenía un problema de obesidad dijo que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa
con tal de curarse. Le dije que, cada vez que tuviera ganas de comer,
observase su sensación de hambre, y se abstuviera de actuar. «¡Pero si tengo
hambre!», respondió. «Precisamente», fue mi comentario. Si consigues convivir
con esa sensación, observar el hambre, dejar que te dé con toda su intensidad,
sufrir eventualmente, y en ningún momento actuar, pronto conseguirás atenuar
tu ansiedad, y sabrás ser dueña de tu voluntad y no esclava de tus impulsos.
Actuar frente a las emociones negativas: cuando nos
sentamos en un sofá, encendemos la televisión (lo cual es una forma de
desconectarse del mundo). Entonces puede suceder que pensemos que estamos
perdiendo el tiempo, que tenemos que hacer algo. ¿Por qué? Porque si nos
quedamos quietos se nos vendrá encima toda la ola de emociones reprimidas, nos
deprimirá, nos dejará tristes o con un sentimiento de culpa. Pero cuanto más
nos ‘ocupamos’ en algo, más se acumulan estas emociones, hasta que un día
corremos el riesgo de verlas estallar sin control.
Sí, todos debemos hacer frente a nuestros problemas. ¿Por
qué no hacerlo hoy? Parar. Pensar. Sufrir un poco. Para finalmente entender
quiénes somos, qué sentimos, qué estamos haciendo aquí, en lugar de intentar
determinar la agenda de la vida.