Cuentos para meditar

 

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 El Brocado MaravillosoPaz

Una vez vivía una vieja anciana con sus tres hijos.  Mantenía a su familia tejiendo brocados.  Los animales, pájaros y flores que tejía casi parecían vivos.

Un día, cuando fue al pueblo a vender su trabajo, vio un cuadro maravilloso en una tienda.  Mostraba una gran casa rodeada de un lindo jardín.  Con sólo mirarlo se sintió feliz.  En vez de comprar arroz para comer, compró el cuadro.

Cuando llegó a su casa, lo mostró a sus hijos. “¡Mirad qué lugar más hermoso! –dijo-. Aquí es donde deberíamos vivir.”

“Sólo en sueños”, dijo su hijo mayor.

 “O quizás después de muertos”, dijo su segundo hijo.

 “Si no podemos vivir allí, madre –dijo su hijo más joven-, ¿por qué no copias el cuadro?  Mientras lo tejes, te sentirás como si estuvieras allí.”

Entonces su madre tomó su hilo de seda más brillante y empezó a tejer el cuadro maravilloso.  Día tras día trabajaba, decidida a hacer su mejor trabajo.  Los dos hijos mayores no estaban satisfechos.  “Estamos cansados de reunir leña para comprar arroz para la familia, -protestaban-. ¡Para esta necedad!  ¡Haz algunos brocados para vender!”

 

 “Dejadla tranquila –dijo su hijo más joven-.  Este cuadro significa mucho para ella.  Si estáis cansados de reunir leña, lo haré yo.”

A partir de entonces los dos muchachos haraganeaban todo el día mientras su hermano menor recogía leña y su madre tejía.

Trabajaba todo el día y toda la noche.  Tejer de noche a la luz parpadeante del fuego lastimaba sus viejos ojos, pero nunca paraba.  Al cabo de un año, sus lágrimas cayeron como lluvia sobre el paño, y donde se posaron tejió un pequeño río y un estanque.  Después de dos años, la sangre cayó de sus ojos al paño, y allí donde cayó ella tejió un sol rojo y muchas flores.  Después de tres años, el brocado se terminó.

¡Qué hermoso era! La casa tenía paredes turquesa, columnas rojas y tejas azules.  Había un jardín lleno de flores, y en el centro un estanque lleno de peces.  A un lado había un huerto lleno de frutas y pájaros cantando; en el otro, campos de cultivo listos para cosechar.  El arroz y el maíz crecían altos en los campos.  Un reluciente arroyo corría junto a la casa y un sol rojo brillaba en lo alto.

Encantada con su trabajo, la anciana sacó el brocado fuera de casa para admirarlo a la luz del sol.  Repentinamente una ráfaga de viento se lo arrebató y el maravilloso brocado desapareció en el cielo.

 “Encontrad mi brocado –rogó a sus hijos-. ¡Significa toda mi vida!”

El hijo mayor se puso sus sandalias y se fue en la dirección que había seguido el brocado.  Al cabo de un mes llegó a una cueva en la montaña.  Allí había un caballo de piedra, con la boca abierta como si quisiera comer las bayas rojas que crecían en el árbol cercano.  Se acercó una anciana y el muchacho le preguntó si había visto el brocado.

“Se lo han llevado las hadas de la Montaña del Sol –fue la respuesta-. Para encontrarlas, tienes que sacarte dos dientes y ponerlos en la boca del caballo de piedra. Comerá las bayas rojas de aquel árbol y te llevará sobre la Montaña de Fuego y el Mar de Hielo, a la Montaña del Sol. ¡Pero si te acobardas mientras cruzas la Montaña de Fuego, te quemarás y quedarás reducido a ceniza; y si tiemblas mientras cruzas el Mar de Hielo, quedarás congelado!”  El hijo mayor se acobardó y tembló cuando ella hablaba, y la anciana le dijo: “No vayas. Es demasiado duro para ti.  Toma esta caja de oro y gástalo sabiamente”.

 

Cogió la caja de oro, pero no se fue a casa, porque no quería compartirlo.

            Entonces el hijo mediano partió, y le pasó lo mismo que a su hermano.

            Finalmente, el hijo más joven se fue, aunque odiaba dejar a su madre sola, acostada en la cama como una flor marchita.  Cuando llegó a la cueva y la anciana le ofreció una caja de oro, él dijo: “No. Debo encontrar el maravilloso brocado de mi madre”.

            Se arrancó dos dientes y los puso en la boca del caballo.  El animal inmediatamente volvió a la vida y comió las bayas rojas.  Llevó al muchacho a través de la Montaña de Fuego.  Aunque intensas llamas ardían a su alrededor, no se acobardó.  Lo llevó a través del Mar de Hielo.  Y a pesar de que implacables olas lo azotaban, no tembló.  Y entonces llegaron a la Montaña del Sol, donde encontró a las hadas haciendo una copia del maravilloso brocado.  “Puedes llevarte el brocado de tu madre cuando hayamos terminado”, dijeron.

Cuando se hizo oscuro, las hadas colgaron en el techo una perla que alumbrabas tanto como el sol.  El hada más bella terminó su trabajo y se retiró para comparar su copia con el trabajo de la viuda.

Inmediatamente vio que la copia no era ni mucho menos tan buena, y rápidamente bordó una imagen de sí misma en el brocado de la viuda.

Un momento después el hijo más joven recobró el brocado de su madre y se fue galopando sobre el caballo mágico. Cruzaron el Mar de Hielo y la Montaña de Fuego y pronto estuvieron de vuelta en la cueva.  La anciana tomó los dientes del caballo y los puso de nuevo en la boca del muchacho.  El caballo volvió a ser de fría piedra una vez más.

El muchacho pronto estuvo en casa de nuevo. “¡Madre! Tengo tu brocado” –llamó-. ¡Sal a verlo!”

 

Su madre yacía en el lecho muy frágil, pero se arrastró como pudo y salió fuera.  Cuando desplegó el brocado, una suave brisa lo hizo ondular.  El brocado maravilloso se extendió, creciendo a lo largo y ancho, y cubrió la tierra hasta donde alcanzaba la vista.  La pobre cabaña de la familia se desvaneció y se encontraron a sí mismos junto a la gran casa del cuadro, con sus jardines y rica tierra.  Una hermosa joven estaba allí con ellos.

 “Soy un hada de la Montaña del Sol –explicó.  Me bordé a mí misma en su brocado porque anhelaba vivir en este maravilloso lugar.”

Así la viuda y su hijo más joven se quedaron en la gran casa, y el hijo se casó con el hada.

 Un día, dos pordioseros andrajosos llegaron hasta ese lugar.  Eran los hermanos mayores, que habían derrochado su oro en la ciudad.  Cuando vieron el hermoso lugar que había salido del brocado de su madre, se avergonzaron demasiado para entrar. Se alejaron, arrastrando sus bastones por el polvo.

                                                                                                                                                      Enviado por Aisha

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