Los Cuentos de Aisha

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Cuentos sufís
  Los powerpoint de Aisha

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Páginas de cuentos de Aisha

Un hombre encontró al maestro secreto Khidr trabajando como barquero. Khidr leyó sus pensamientos y le dijo:
- Si yo me acerco a la gente en la calle, y les digo qué deben hacer, ellos pensarán que estoy loco o que lo estoy haciendo para mi provecho, y no lo harán. Si me visto como un sabio, o un hombre rico, y les aconsejo, desobedecerán a simplemente tratarán de complacerme, en vez de intentar complacer aquello que represento. Pero si me mezclo con la gente y dejo caer una palabra aquí y una palabra allí, algunos escucharán, del mismo modo que tú me has reconocido y otros miles no lo hicieron
 
Los fatigados miembros de una caravana llegaron por fin a un oasis y se dispusieron a descansar. A los diez minutos, y en medio del silencio, oyeron una voz que lastimosamente decía:
-¡Qué sed tengo! ¡Qué sed tengo!
El jefe de la caravana mandó a un hombre a ver que ocurría. A su regreso dijo:
-Es sólo un viajero que también trata de descansar pero que no puede por la sed.
-Dadle agua -ordenó el jefe-, así podremos descansar todos.
El enviado llevó una odre de agua al sediento, que éste bebió con deleite.
Pasados otros diez minutos, y de nuevo en medio del silencio de la noche se escuchó la misma voz quejumbrosa:
-¡ Qué sed tenía! ¡ Pero qué sed tenía!
 
Antes de comprometerse a ser discípulo, el visitante quiso obtener del Maestro alguna garantía:
- ¿Puedes decirme cuál es el fin de la vida humana?
- No, no puedo.
- ¿O al menos su sentido?
- Tampoco puedo.
- ¿Y no podrías indicarme cuál es la naturaleza de la muerte y cómo es la vida más allá de ella?
- Tampoco.
El visitante se marchó decepcionado, y los discípulos quedaron consternados por la pobre impresión que había dejado su Maestro. Pero el Maestro, en tono consolador, les dijo:
- ¿De qué vale comprender la naturaleza y el sentido de la vida si ésta nunca ha sido degustada? Es mejor comer el pastel que formular teorías acerca de él.
 
Unos viajeros, atravesando un desierto, se encontraron una brújula, fueron a enseñársela a Nasrudin y le preguntaron:
- ¿ Qué es?
Nasrudin tomó la brújula, la examinó y rompió a sollozar. Un instante más tarde dejó de llorar y se echó a reír, a reír más y más.
- ¿Por qué lloras y por qué ríes? - le preguntaron los viajeros.
- Me he puesto a llorar al pensar en vuestra ignorancia - contestó Nasrudín-, porque no sabéis qué es este objeto. Y entonces me he echado a reír al pensar en la mía. Porque yo tampoco lo sé.
 
En la corte del Khan de Paghman un noble le preguntó a un hombre humilde, a quien envidiaba porque el Khan lo había honrado:
- ¿Es acaso tradicional en vuestra familia el servir a soberanos ilustres, o eres tú el primero de tu línea en gozar de esta distinción?
El hombre replicó:
- Mis antepasados eran hombres de honor; ellos no tenían aspiraciones tan bajas como el desear la compañía de monarcas.
El noble insistió:
- Nuestros Khans son descendientes del Profeta y sufis. ¿Acaso vuestra gente no se siente honrada, como nosotros nos sentimos, por la mera oportunidad de servir a los elegidos?
El hombre humilde dijo:
- Nuestra familia no ha tenido hasta ahora tan altas aspiraciones. Yo soy el primero de mi línea que tiene la temeridad de aspirar a servir a tal gente.
 
Uno de los monumentos más peculiares de la ciudad japonesa de Kyoto es un Jardín Zen: una superficie de arena que contiene 15 rocas pero que, en principio, tuvo 16.

Cuenta la leyenda que cuando el jardinero terminó su obra llamó al emperador para que contemplara su jardín. “Te felicito. Es el más hermoso de los que he visto y esa roca es la más bella de todas”, sentenció el monarca.
Al instante, el jardinero cogió la piedra señalada por el emperador, la sacó del jardín y la tiró al mar. Entonces le explicó a su señor: “Ahora todo está perfecto y el jardín puede contemplarse en armonía. Un jardín, como la vida, tiene que ser visto en su totalidad. Si nos detenemos en la belleza del detalle, el resto nos parecerá demasiado feo”.
 
Nasrudin estaba tratando de construir una casa. Sus amigos  ya tenían casa y algunos eran carpinteros o constructores. Se alegraba de recibir sus consejos.
Uno después de otro, y algunas veces todos juntos, le dijeron lo que debía hacer. El Mulla Nasrudin siguió obedientemente las instrucciones de cada uno.
Cuando el edificio estuvo finalizado, no se parecía en nada a una casa.
-Es curioso - dijo Nasrudin - ¡después de todo, hice exactamente lo que todo el mundo me dijo que hiciese!
 
Se les comunicó a los Más Grandes Sabios del País de los Tontos que los árboles estaban en plena producción, de modo que salieron para recoger la fruta.
Los árboles estaban ciertamente cargados de fruto, sus ramas se doblaban casi hasta el suelo.
Cuando los Más Grandes Sabios del País llegaron hasta los árboles, comenzaron a discutir qué especie de fruta recogerían primero. Ya que no podían llegar a ningún acuerdo acerca de esto, intentaron otro tema. Descubrieron entonces que no había acuerdo acerca de si arrancaban la fruta con su mano derecha o izquierda. Tras esto hubo otro problema de igual dificultad, y otro, hasta que se dieron cuenta de que debían retirarse a un lugar más apropiado para aclarar las cosas.
Finalmente, tras la plena participación de las instituciones eruditas, todo se resolvió. Los Más Grandes Sabios se encontraron de nuevo bajo los árboles. Pero entonces ya era invierno. La fruta había caído y yacía en el suelo pudriéndose.
- Qué lástima que estos árboles sean tan traicioneros - exclamaron los Más Grandes Sabios - esas ramas no tenían derecho a ascender de nuevo de ese modo. Pero no importa, al menos podemos ver que de cualquier modo la fruta estaba podrida. 
 
Nasrudin va sentado en la parte trasera de una piragua que cruzaba, mal que bien, un brazo de mar. Los dos hombres que se encuentran delante reman con fuerza. Nasrudin no hace nada.
De repente estalla una violenta tempestad. Las olas sacuden peligrosamente la piragua. Los dos remeros luchan con todas sus fuerzas contra el mar, que a cada instante amenaza con hundir el frágil esquife.
Se dan vuelta para echar un vistazo a Nasrudin y ven que éste, en actitud muy extraña, coge agua del mar y la vierte en la piragua. Sorprendidos gritan:
-Pero,¿qué haces? ¡Estás loco? ¡Es justo lo contrario de lo que hay que hacer! ¿Por qué echas agua en la piragua?
-¡ Mi madre - contesta Nasrudin - siempre me ha dicho que hay que estar del lado del más fuerte!
 
Una paloma cambiaba continuamente de nido. El hedor penetrante que los nidos despedían al cabo de un tiempo le resultaba insoportable. Se quejaba de esto a una paloma sabia, vieja y de mucha experiencia.
La paloma vieja movió la cabeza varias veces y dijo:
- Con el continuo cambio de nidos, no resuelves el problema. El hedor que te molesta no viene de los nidos, sino de ti misma.
Un día, mientras paseaba a caballo por sus tierras, el Sultán vio un molino de viento cuyas aspas no giraban. Furioso llamó al molinero y le dijo:
- ¿Por qué no gira este molino?
- Porque no hay viento - le contestó el molinero.
- ¡Un molino de viento está hecho para girar! ¡Exijo que gire! ¡Apáñatelas como puedas! ¡Mañana volveré y pobre de ti si no me has obedecido!
El Sultán regresó al día siguiente. El molino seguía sin girar. Entonces le gritó al molinero:
- ¿No entendiste lo que te dije ayer!
- Si, Excelencia, claro que entendí.
- ¿Y?
- Y le dí la orden al molino.
- ¿Y entonces?
- Entonces el molino me escuchó y me contestó. Me dijo "Estoy listo para obedecer. Pero ve a decirle al Sultán, que es más poderoso, que le ordene al viento que sople"
- Justo ahora iba a ponerme en camino para pedírselo.
 
Había una vez dos místicos. El primero dijo "yo tuve un discípulo una vez que, a pesar de todos mis esfuerzos, me fue imposible hacer que se ilumine".
"¡Qué fue lo que hiciste ?", preguntó el otro.
"Le hice repetir mantrams, contemplar símbolos, vestirse con ropajes especiales, saltar para arriba y para abajo, inhalar incienso, leer invocaciones y observar larguísimas vigilias".
"¡No dijo nada que pudiera darte una pista de por qué todo esto no estaba produciendo en él una con-ciencia más elevada ?"
"Nada. Simplemente se acostó, dijo algo irrelevante y murió".
"¿Qué fue lo que dijo ?"
"Justo antes de morir me miró y dijo : `Maestro, ¿cuándo me vas a dar comida ?"
 
Un hombre se presentó a un maestro y le dijo:
- Mi anterior maestro ha muerto. Él era un hombre santo capaz de hacer muchos milagros. ¿Qué milagros eres tú capaz de realizar?
- Yo cuando como, como, y cuando duermo, duermo, - contestó el maestro.
- Pero eso no es ningún milagro, yo también como y duermo.
- No. Cuando tu comes, piensas en mil cosas; cuando duermes, fantaseas y sueñas. Yo sólo como y duermo. Ese es mi milagro.
 
Un mercader persa, que partía para un largo viaje, le pidió a Hiri que cuidara a una doncella turca. Hiri se enamoró de la joven y decidió ver a su maestro Abu-Hafs, el Herrero. Abu-Hafs le dijo que viajara a Raiyy y allí pidiera consejo al gran Sufi Yusuf al-Razi.
Cuando llegó a Raiyy y preguntó donde se encontraba la morada del sabio, le dijeron que evitara a ese hombre herético y librepensador. Así que volvió a informar a Abu-Hafs y este le dijo que olvidara las opiniones de la gente y volviera a buscar al Sufi. A pesar de las opiniones de la gente de Raiyy, fue a donde se encontraba Al-Razi. Allí estaba el anciano, acompañado por un hermoso joven que le ofrecía una copa de vino. Escandalizado, Hiri exigió una explicación de tal conducta al venerable contemplativo.
Al-Razi le explicó que el joven era su hijo y que la copa de vino, que había sido abandonada por alguien, sólo contenía agua. Esta era la realidad de su estado que todo el mundo imaginaba como una vida de disipación.
Hiri quiso saber por qué se comportaba de esa manera que la gente interpretaba como herética.
- Hago estas cosas - dijo Razi - para que las personas no vengan a molestarme con historias de doncellas turcas
 
Érase una vez un sufí a quien se le acercó un erudito de una devoción incomparable, célebre por el meticuloso cumplimiento de sus deberes externos. este hombre le dijo al sufí:
- Observo que no se te ve en las oraciones públicas.
- Así es - respondió el sufí.
El hombre continuó:
- Vistes ropas corrientes y no las túnicas de varios colores que utilizan muchos sufíes.
- Cierto.
- Y no te reúnes con otras personas para debatir acerca de la espiritualidad; raramente te vemos con un rosario en la mano. Nunca te refieres a los grandes maestros, y en apariencia no te atraen las personalidades santas - prosiguió el hombre.
- Cierto, muy cierto - confirmó el sufí
- ¿Puedo preguntar por qué?
El sufí respondió
- Porque ocuparme demasiado en tales cosas interfiriría con mis actividades espirituales.
 
Un día el mulá Nasrudin vió a un maestro de escuela conducir a un grupo de alumnos a la mezquita.
- ¿Cuál es el propósito de esta actividad, docto maestro ? - preguntó el mulá.
- Hay una sequía - dijo el maestro - y esperamos que el ruego de los inocentes conmueva al cielo.
- Ruegos inocentes o culpables - dijo Nasrudin - nada puede tener efecto sin conocimiento.
- ¿Cómo puede usted probar una afirmación tan peligrosa? - farfulló el afrentado pedagogo.
- Es fácil - dijo Nasrudin - porque si las súplicas y las intenciones dirigidas por la necesidad aparente fueran suficientes, no quedaría un solo maestro de escuela sobre la tierra. Los niños anhelan su abolición
 

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