Los Cuentos de Aisha

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Cuentos sufís
  Los powerpoint de Aisha

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Páginas de cuentos de Aisha

Esta es la historia de un hombre que afirmaba desde la infancia la libertad de su espíritu: no dependía de ninguna escuela ni creía en ningún dios.
Una vez el hombre de espíritu férreo desapareció y fue encontrado años mas tarde entregado totalmente a un santo que vivia apartado del mundo y al que servía con una sonrisa: le llenaba la pipa y le daba agradables masajes en las piernas.
Un amigo de antaño fue a visitarle y se sorprendió de tal servidumbre.
- ¿Cómo has podido perder la libertad a la cual te aferrabas con tanta fuerza?
- No la he perdido. Incluso la he aumentado - contestó.
- No entiendo. Ese hombre estrira las piernas hacia ti y tu le das un masaje...
- Claro está, pero dicho servicio no le hace falta. Sería vergonzoso que me lo pidiese si sólo fuese en su provecho. Y que yo le obedeciese. Pero soy yo quien lo necesita.
 
Había una vez una mujer que había oído hablar de la Fruta del Cielo y la codiciaba. Entonces le preguntó a cierto derviche, a quien llamaremos Sabar:
- ¿Cómo puedo encontrar esta fruta, para conseguir el conocimiento de forma inmediata?
- Harías mejor en estudiar conmigo - dijo el derviche - si no lo haces, tendrás que viajar con determinación y sin descanso por todo el mundo.
La mujer lo abandonó y buscó a otro derviche, Arif el Sabio; y después encontró a Hakim, el Docto; luego a Majzub, el Loco; más tarde, a Alim, el Científico, y muchos más...Pasó treinta años buscando, al cabo de los cuales llegó a un jardín. Allí se encontraba el Árbol del Cielo, de cuyas ramas pendía la resplandeciente Fruta del Cielo.
De pie junto al Árbol estaba Sabar, el primer derviche.
- ¿Por qué cuando nos encontramos por primera vez no me dijiste que tú eras el Guardián de la Fruta del Cielo? - le preguntó.
- Porque en aquel momento no me habrías creído. Además, el Árbol sólo produce fruta una vez cada treinta años y treinta días.
 
Un aspirante a discípulo visitó la casa de un Maestro Sufi. Se le dijo:
- Tienes que tratar de contestar a una pregunta. Si lo consigues, él te aceptará para la enseñanza dentro de tres años.
La pregunta se hizo y el buscador trabajó en ella hasta que tuvo la respuesta.
El representante del Maestro la entregó y volvió con el mensaje:
- Tu respuesta es correcta. Ahora puedes alejarte por un periodo de 1001 días, después de los cuales te será permitido volver para recibir la Enseñanza.
El aspirante estaba deleitado. Cuando le hubo dado las gracias al otro hombre le preguntó
- ¿Qué habría ocurrido si hubiese fallado en dar la respuesta correcta?
- ¡Oh!, en ese caso habrías sido admitido inmediatamente.
 
En la India dos hombres caminaban por el campo. El más anciano dijo:
- Estoy cansado. Por favor, ve a buscar un poco de agua de los pozos que se ven al otro lado del arrozal. Te espero a la sombra de estos árboles.
El hombre cruzó el campo y en el pozo se encontró con una muchacha que estaba sacando agua. Se sintió atraído por ella y le propuso llevarle el agua hasta su casa. Ella aceptó. Ya en la aldea fue invitado a comer en casa de la muchacha, conoció a la familia y acabó pidiendo la mano de la chica, que le fue concedida.Tras la boda, trabajó como campesino, tuvo hijos y los educó. Uno murió de enfermedad. Sus suegros tambien murieron y él se convirtio en el cabeza de familia. Su hijo mayor se casó y poco después su mujer, con el pelo cano, murió. El la lloró, porque la había amado mucho.
Dias más tarde una inundación devastó el valle, fue arrastrado con sus vecinos por un torbellino de agua fangosa. Luchó para sujetar a su hijo menor, que se ahogaba ante sus ojos. De repente, sin saber por qué, se acordó de su amigo, el anciano que le pidió agua. Al instante se encontró en tierra seca, cruzando el campo con una jarra de agua fresca. Regresó junto al anciano que estaba adormecido bajo un árbol. Algo en el aire, que se había vuelto puro y ligero, parecía indicarle al joven que se hallaba en el mismísimo umbral del gran misterio. El anciano se despertó y le dijo:
- El sol ya esté bajo. Tardaste mucho. Estaba a punto de ir a buscarte. 
 
Nasrudín paseaba cerca de un pozo, cuando sintió el impulso de mirar adentro. Era de noche y, al escudriñar la profundidad del agua, vio el reflejo de la luna.
- ¡Debo salvar la luna! - se dijo - de otro modo nunca menguará y el mes de Ramadán no terminará nunca.
Cojió una cuerda y la arrojó dentro del pozo mientras exclamaba:
- ¡Manténte firme, no te descorazones ya llega el socorro!
La cuerda quedó enlazada en una roca dentro del pozo y Nasrudín tiraba con todas sus fuerzas cuando, de pronto, se soltó del fondo y cayó de espaldas. Mientras se hallaba tendido jadeante, vio la luna surcando el cielo.
- Me alegra haberte sido útil - dijo Nasrudín - fue una suerte que yo justamente pasara por aquí, ¿no es cierto?
 
El maestro contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero no todos los oyentes entendían el sentido de la misma. Un día uno de ellos lo enfrentó y le dijo:
- Tu nos cuentas historias pero no explicas el significado.
El maestro se disculpó por ello y luego continuó diciéndole:
- Permíteme que en señal de reparación te convide con una rica manzana.
- Gracias maestro, respondió halagado el discípulo.
- Quisiera para agasajarte pelarte la manzana yo mismo. ¿Me lo permites?
- Sí, muchas gracias.
- Ya que tengo en la mano el cuchillo, aprovecharé y te la cortaré en trozos, para que te sea más cómodo comerla.
- Me encantaría, pero no quiero abusar de su hospitalidad.
- No es un abuso, si yo te lo ofrezco. Solo quiero complacerte. Y...permíteme también que te la mastique antes de dártela.
- ¡No maestro!, ¡No me gustaría que hiciera eso! - se quejó sorprendido el discípulo. El maestro hizo una pausa y dijo:
- Si yo te explicara el sentido de cada parábola.... sería como darte de comer una fruta masticada.
Tu mismo tienes que encontrarle y saborear su exquisito sabor
 
Sid Ahmed había salido a pie para ir en preregrinación a La Meca ,partiendo del Sahara donde había dejado a su mujer y a sus siete hijos.
Por grande que fuera su piedad no dejaba de inquietarse por su familia, y durante una noche de descanso tuvo un sueño extraño.
Se veía en una playa, y poco a poco, lejos de la orilla penetraba dentro del océano.
El agua le llegó a las rodillas, luego hasta la cintura, después hasta el pecho. La corriente lo hacía vacilar. Afortunadamente vio una roca que emergía a su alcance. Se refugio en ella.
Entonces una voz le ordenó hendir la roca.
Desprendió lo que pudo de la piedra de la cima, y eso le permitió descubrir, en el hueco que había quedado, una pequeña oruga.
Estaba ocupada en comer una hoja de una minúscula planta marina que tenía solo dos hojas.
El peregrino se agachó para mirar más de cerca como se retorcía aquel pequeño ser, y se preguntaba como había podido subsistir hasta aquel dia, y sobre todo cómo iba a poder sobrevivir cuando hubiese acometido la segunda y última hoja.
La oruga se comió bastante deprisa la hoja, y enseguida se dispuso a comerse la otra.
Sid Ahmed, cada vez más interesado, se acercó con curiosidad un poco más y vio con estupefacción como ante sus ojos se formaba otra hoja en el mismo lugar de la anterior, mientras la oruga se comía la otra...
Entonces escuchó una voz que decía:
- Dios no se olvidó de esta oruga. ¿Cómo se va a olvidar de tus hijos? 
 
Salik encontró a un grupo de hombres en la carretera de Kandahar. Salik iba vestido como un curtidor de pieles y uno del grupo, que era muy respetado por ellos , estaba vestido con un manto sufi. Salik le preguntó:
- ¿Qué eres?
El hombre respondió:
- Un sufí.
Salik inmediatamente sacó un gran cuchillo y avanzó hacia el hombre ,que mostró todos los signos del temor.
- ¿Porqué estas temblando? - preguntó Salik
- Temo que me mates - dijo el hombre.
- Me darás tu dinero si te perdono la vida? - preguntó Salik.
- Si, por supuesto - dijo el otro.
Salik se dirigió al resto del grupo:
- Este hombre no es un sufi. Teme a la muerte y daría dinero a cambio de la vida. Un sufi es alguien que no puede ser manipulado por el temor o el deseo.
 
Alguien le dijo a un sufi:
- Enséñame a rezar.
El sufi dijo:
- No sólo estás ya rezando, sino que una parte de tu mente está constantemente ocupada en la oración.
El hombre respondió:
- No te comprendo, porque he sido incapaz de rezarle a Dios durante muchos meses, por una razón u otra.
El sufi le dijo:
- Tu dijiste: Enséñame a rezar , no mencionaste a Dios. La oración en la que has estado ocupado durante todo este tiempo es oración hacia tus vecinos, porque constantemente te preocupa lo que puedan pensar de ti. Es oración permanente a un ídolo de dinero, porque eso es lo que quieres. Es también una oración hacia una imagen de seguridad y otra de abundancia. Cuando tienes tantos dioses y tanta oración como una parte permanente de tu ser, ¿es sorprendente acaso que no haya sitio para otra clase de oración?
 
Abubak Wasseti visitaba un asilo de locos. En él encontró a un joven cargado de cadenas, pesadas cadenas en los tobillos, que cantaba, reía y apuntaba algunos pasos de danza.
- ¿Cómo puedes estar feliz? - preguntó el sufí.
- ¡Oh, maestro ignorante! - dijo el loco - las cadenas están en mis pies, no en mi corazón.
 
La gente de Turquestán es famosa por su generosidad, el respeto que se tienen a sí mismos, y su afición a los caballos.
Cierto turquestano, llamado Anwar Beg, poseía un hermoso caballo, ágil y de garantizado pedigrí. Todos lo codiciaban, pero él se negaba a venderlo, por alto que fuera el precio que le ofrecieran.
Reiteradamente, un amigo suyo, tratante de caballos, llamado Yakub, le visitaba con la esperanza de conseguir que se lo vendiera. Pero él declinaba siempre aceptar sus ofertas.
Un día, habiendo oído decir que Anwar atravesaba una época difícil y que disponía de muy escasos medios, Yakub se dijo:
- Esta es mi oportunidad. Iré a verle una vez más y  en esta ocasión, estoy seguro de que se desprenderá del caballo, porque es tan valioso que,
con su venta, recuperará su buena posición económica.
Y no perdió tiempo. Entró en su casa.
Como era de costumbre en el país, Anwar dió la bienvenida a Yakub y, antes de ocuparse de los negocios, tuvo que dar a su visitante muestras de hospitalidad como dueño de la casa. Le sirvió una suculenta comida, y la compartieron con verdadero deleite.
Cuando, por fin, Yakub pudo hablar del objeto de su visita, el paupérrimo Anwar respondió:
- Ya no es posible que mantengamos discusión sobre el negocio de la venta del caballo. Lo primero es la hospitalidad. Y puesto que me visitaste en mi pobreza y mi obligación era agasajarte, sabe que tuvimos que matar al caballo para obtener alimento, y de esta manera resolver mis deberes como anfitrión
 
Preguntado acerca de qué era un sufi, el gran maestro Hadrat Nuri dijo:
- Un sufi es aquél que no está encadenado y que a su vez es inocente de mantener atados a otros. El sufismo no puede ser descrito en términos de doctrina ni en forma de ceremonial. La doctrina necesita adiestramiento de tipo superficial, el ritual necesita práctica repetitiva. Sufismo es algo que está en la creación, no algo que es aplicado a los resultados de la creación.
 
Tetsugen, devoto del Zen, decidió publicar en idioma japonés los Sutra, que en ese tiempo eran accesibles sólo en chino. Los libros se imprimirían con matrices de madera, en una edición de siete mil ejemplares, empresa enorme. Tetsugen empezó por recorrer el país recogiendo donaciones con ese propósito. Algún simpatizante le entregaba a veces piezas de oro, pero casi siempre recibía sólo algunas monedas de poco valor. Él agradecía a cada donante con igual gratitud. Al cabo de diez años había reunido dinero suficiente para comenzar la tarea. Ocurrió en ese tiempo que el río Ují salió de su cauce dejando como consecuencia devastaciones y una terrible hambruna. Tetsugen tomó los fondos que había juntado para los libros y los utilizó para calmar el hambre de las víctimas. Luego volvió a recomenzar su trabajo de colecta. Varios años después una epidemia asoló al país, Tetsugen entregó nuevamente lo que había reunido para ayudar a sus compatriotas. Por tercera vez emprendió la tarea y al cabo de veinte años se cumplió su deseo. Las matrices de madera que sirvieron para la primera edición de los Sutra se ven hoy en el monasterio de Obaku, en Kioto. Los japoneses cuentan a sus niños que Tetsugen publicó tres veces los Sutra, pero que las dos primeras, invisibles, sobrepasan a la edición definitiva
 
Un maestro y su discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:
- Todo lo que existe es Dios.
El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:
- ¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!
Pero el discípulo, inmutable, se dijo:
- Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?
Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos. Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El maestro replicó:
- De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?

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