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Aquel es
engañado que pensó engañarnos.
La formulación algo antigua de
este refrán no es óbice para que se entienda. Las armas del engañador,
tarde o temprano, se vuelven contra él; pues le será difícil mantener
el clima de engaño. El presunto engañado en ese trance, no más
advierte la trampa, puede hacer uso de otro refrán: "A pícaro, pícaro
y medio", y reaccionar frente al engañador con astucia. Para salirnos
de este ambiente no tan edificante, citaré otro refrán que -situándose
en la antítesis de lo dicho- puede devolvernos la fe en las relaciones
humanas: "Aquel es rico que es franco de corazón".
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